|
—No es
tan complicado —había dicho Álvarez— no es tan complicado. Tiene sus
bemoles, pero no es tan complicado.
—Por lo que he visto —aventuró
Gentile— es casi un rito ¿no? una ceremonia...
Álvarez había encendido un Willem
Segundo, un cigarro agrio, picante, y se tomó su tiempo para
contestar.
—Toda comida es un poco ritual,
Gentile, eso desde tiempos inmemoriales, hay en todo un poco de
protocolo, incluso de misterio. Más que nada en comidas de este
tipo, poco usuales, al menos en nuestro país...
—¿Qué procedencia tiene ésta, de
qué cocina es, francesa? —preguntó entonces Martini, adelantando el
mentón hacia el plato, ya vacío.
—No, no puede decirse que sea
francesa, aunque yo lo he comido, y muy bien hecho, en Francia, para
ser más exacto en el Mediodía francés, pero creo, creo, no se lo
puedo asegurar, que es de procedencia nórdica, tal vez
dinamarquesa...
—¿En la receta no dice...?
—Sabe lo que ocurre, Gentile, la
receta original yo nunca la leí, ésta era una comida que hacía mi
padre que a su vez la aprendió de mi abuelo y así sucesivamente, yo
ya me la sé de memoria de tanto repetirla.
Por un momento el
silencio se vio enriquecido por el aroma penetrante del cigarrillo
de Álvarez. Martini pareció salir de su sopor, alimentado tal vez
por la dulce bruma del vino blanco generosamente trasegado.
—¿Cocina a menudo este plato?
—No... no... —calculó el
anfitrión— no mucho. Primero que no conviene reiterarlo seguido y
segundo que, aunque se quisiera, no es fácil conseguir las ancianas.
—Ésa es una pregunta que quería
formularle —terció Gentile— ¿Dónde las consigue...? si no es una
infidencia...
Álvarez sonrió apenas mirando el
mantel.
No... no es una infidencia, les
diré, o bien, se los digo porque ustedes son de mi entera confianza,
de no ser así no los hubiera invitado esta noche —aclaró— pero
ustedes saben cómo somos los devotos de la buena cocina... un tanto
celosos de nuestros secretos y una gran difusión de este detalle
haría que el día de mañana mis colegas y ¿por qué no? competidores,
tengan acceso a la misma fuente.
Nuevamente el silencio se depositó
sobre la mesa, en tanto el criado retiraba los platos con celeridad
y cautela profesional, sin un choque de cristales, sin un solo
sonido disonante, con la certera delicadeza de un gato caminando por
una estantería atiborrada de porcelanas.
—Las ancianas se consiguen en los
asilos... —retomó Álvarez la conversación— no en todos lógicamente,
no en todos. Es más, sólo puedo dar fe de uno, del que yo me proveo,
pero supongo que hay otros que también lo hacen. Me contaban de uno
de Misiones, sobre el cual no tengo seguridad, pero además me decían
que no era conveniente porque era un asilo de tercera o cuarta
categoría...
—¿Y eso influye...?
—Lógicamente influye, influye.
Influye a tal punto que ha habido casos de ancianas que ya compradas
hubo que tirarlas, casi siempre debido a la mala alimentación que
reciben en esos lugares. Claro, son asilos para gente pobre, con
escasos recursos, y la alimentación por lo tanto es magra y poco
estudiada. Por otra parte, las ancianas que llegan ahí, han sido
casi siempre personal de servicio, gente de carne endurecida,
fibrosa, maltratada por los trabajos domésticos, una carne similar a
la del venado, para serles más preciso...
—¿Y ese riesgo no se corre en
donde usted se provee?
—Se corre pero en una mínima
proporción —especificó Álvarez—, claro que el nuestro es un caso
bastante particular, ya que el director del asilo es amigo personal
mío y también un maniático de la buena mesa, entonces el trato y la
elección son más cuidadosos...
—¿Cómo se llega a eso...?
Perdóneme que le pregunte tanto —se disculpó Martini— pero el asunto
me apasiona.
—Bien, yo voy todos los meses al
asilo y de paso que saludo a este amigo mío, él me muestra a las
ancianas. Conviene estudiarlas sin que ellas se den cuenta. Cuando
salen al jardín, por ejemplo, solemos contemplarlas desde la ventana
del directorio. Una anciana de estilo, de raza como se les dice, se
reconoce al caminar.
—No me diga —Martini había
suspendido el grácil y repetido movimiento de la copa hasta su boca.
—Así es... al caminar... el paso
de una anciana denuncia un pasado duro o placentero, de trabajo u
holganza, y eso es importante por lo que le comentaba antes.
Elegidas las más convenientes, este amigo mío, un caballero en toda
la palabra, me muestra la ficha médica, donde uno se asegura que la
anciana no ha sufrido ni sufre enfermedades contagiosas o
epidémicas.
—Y aun así, aun teniendo la
seguridad de que estén totalmente sanas se recomienda hervirlas 24
horas antes de prepararlas.
—No se apresure, Gentile, aún hay
otra etapa que le comento para que advierta lo meticuloso del
proceso. Cuando hay conformidad sobre la anciana elegida, ésta
recién será entregada un mes después, y durante estos treinta días
se le dará alimentación especial en el mismo asilo. Lógicamente hay
que pagar un plus, que no es muy oneroso de todos modos.
—¿Y en qué consiste esa
alimentación?
—Nada novedoso ni especial,
nueces, mucha leche, alcaparras, nada de frituras, bastante fruta, y
en algunos casos, como en el de hoy, abundante cebolla silvestre,
que es la que sedimenta ese regusto un tanto imperante, un poco
salvaje que usted justamente me dijo notar en la comida...
—¿Luego se la sacrifica?
—Luego se la sacrifica...
—¿De eso se ocupa usted, Álvarez?
—ahondó dubitativo Gentile.
—No, ése es un capítulo
desagradable, quizás molesto, del que se ocupa mi criado, lo hace de
buen grado y lo hace bien...
—Supongo que yo no podría
hacerlo... —admitió Martini débilmente.
—Bueno... son pautas culturales...
—No sólo eso, sino que me resta
apetito preparar yo mismo mis comidas...
—Ése es un detalle —sentenció
Álvarez— que un buen gourmet debe superar. Por otra parte, no tiene
otra alternativa.
—Entiendo, entiendo —reconoció
Martini.
—Donde yo intervengo activamente
es en el sazonado y posterior cocción, ahí sí, debo reconocer que
esa fase me apasiona. Ahí se debe medir con cuidado los depósitos de
apio semicocido, los pepinillos cortados en lonjitas, las hojas de
estragón, no muchas, y decidir sobre la marcha la inclusión de
tocino, anchoas y hasta si es necesario nabo y chuño desleído en
agua. Un muslo tratado así por ejemplo, es delicioso, y una mano, ni
qué decir...
—En resumen... —pareció sintetizar
Martini mientras recibía un pocillo de aromático café turco de manos
del criado— toda una artesanía, una religión casi...
—Usted lo ha dicho, usted lo ha
dicho...
—Le confieso —se sinceró Gentile
tras el primer sorbo de café— que cuando usted me invitó tenía una
cierta resistencia a este plato... me explico... no piense que
dudaba de su capacidad como gourmet...
—No, en absoluto, lo comprendo —lo
tranquilizó Álvarez.
—Una resistencia al plato en sí...
¿Me entiende?
—Por supuesto, hombre, es
humano...
—Posiblemente por cómo ha sido
educado uno...
—Exacto, Gentile, exacto. Son
pautas culturales, pautas culturales, Gentile.
ir arriba
|