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Roberto Fontanarrosa
(1944-2007) escritor,
dibujante y humorista argentino
nacido en
Rosario.
Ha publicado Best Seller,
El área 18 y La Gansada (novelas). Los trenes matan
a los autos, No sé si he sido claro, Nada del otro mundo, El mayor
de mis defectos, El mundo ha vivido equivocado, Uno nunca sabe y
La Mesa de los Galanes (cuentos). En materia de humor
gráfico, a las series de sus personajes Inodorfo Pereyra y
Boogie el Aceitoso se suman El fútbol es sagrado,
Fontanarrosa de penal, Semblanzas deportivas, El sexo de
Fontanarrosa. El segundo sexo de Fontanarrosa, Fontanarrosa y los
médicos, Los clásicos según Fontanarrosa, Sperman, Fontanarrisa,
¿Quién es Fontanarrosa?, Fontanarrosa y la pareja, Fontanarrosa y la
política, Fontanarrosa continuará, Fontanarrosa contra la cultura,
Fontanarrosa y el fútbol, Fontanarrosa es Mundial y 20 años
con Inodoro Pereyra. |
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La anécdota es corta. Como solía
contarla mi padre —apenas tres o cuatro veces que lo hizo— debido a
que, sin duda, le dolía. Mi padre era un hombre muy formal, muy
ceremonioso. Lo es, en definitiva, porque aún vive, aunque ya no
atiende el consultorio de calle Arosemena. Mi psicoanalista, el
doctor Espinosa, siempre me dice que yo debería estudiar las causas
de por qué siempre hablo de mi padre en pasado, como si hubiese
muerto. Pienso que tal vez sea porque me acostumbré a su ausencia (a
las de mi padre, no a las del doctor Espinosa, que no ha faltado a
una sesión en 15 años). Mi padre era un hombre de viajar mucho,
empujado por un anhelo de conocimiento en todo lo que se relacionara
con su especialidad, la cardiología. No recuerdo que haya viajado
nunca por turismo o recreo. Ni siquiera cuando realizó el viaje de
bodas con mi madre, a Canadá, al que hizo coincidir con un simposio
sobre válvulas mitrales que se llevaba a cabo en Alberta, cosa que
disgustó un tanto a mi madre, pues ella recién se enteró del evento
al llegar al hotel encontrándose con que debían compartir la
habitación con un médico hindú que viajaba con su mangosta. De allí
en más, mi padre, Arnulfo Ramón Obaldía, viajó a cuanto rincón del
mundo fuese escenario de encuentros o congresos sobre su profesión.
Nos enviaba, eso sí, desde aquellos sitios, postales que mostraban
cirugías de pecho, intervenciones a corazón abierto, los primeros
by-passes, con algunas cortas y cariñosas frases al dorso
dirigidas especialmente a mí y a mi hermana Creolina. Todo su
desvelo, todo su frenético intento de conocer más, de
perfeccionarse, de engordar su currículum, tenía un solo objetivo:
poder, algún día, llegar a trabajar en los Estados Unidos. Para un
panameño, lógicamente, Norteamérica es la Meca o algo similar, la
Casa de Dios. La denominación puede sonar exagerada pero no debe
olvidarse que Panamá fue creada por los Estados Unidos, el Gran País
del Norte es el Creador de todos nosotros, los panameños. De no
haber sido por la gestión yanqui nosotros hubiésemos corrido la
triste suerte de muchos amigos que hoy son colombianos. Por eso,
cuando mi padre recibió la confirmación de que había sido contratado
para trabajar en el Massachusetts General Hospital de Boston, lloró
por primera vez frente a su familia. Repito que era un hombre
austero, muy medido, con un enorme sentido del ridículo, que evitaba
en lo posible mostrar sus emociones en público. Pero aquélla fue una
ocasión muy especial para él. No nos había contado nada —al menos a
los hijos, Creolina y yo— sobre sus trámites para ingresar en el
mítico centro asistencial bostoniano, temeroso de que su intento
pudiese resultar estéril. Y cuando nos reunió en el comedor para
informarnos se permitió, por primera y única vez, derramar un par de
lágrimas de emoción que rápidamente enjugó con la manga de su saco.
Nos contó, ya más calmo, que en el Massachusetts Hospital habían
trabajado gigantes de la Medicina como el doctor Edward M. Donnelly,
creador del primer calzado ortopédico para el pie derecho; Osiris
Gravestone, a quien el mundo aún le debe la vacuna contra la
conjuntivitis nerviosa, e incluso, Emma Nightingale, tía de la
celebérrima Florencia, aunque Emma sólo tenía a su cargo en dicho
nosocomio tareas administrativas. Pero donde más hizo hincapié mi
padre, fue en el hecho de que el director del establecimiento que
ahora le abría sus puertas era ni más ni menos que el doctor Spruce
Lessel, eminente científico seis veces postulado para el Premio
Nobel, dos veces para el Grand Barometer of World Health, y autor de
libros tales como La aorta o un ensayo de nítido alerta
ecologista: El ano contra Natura. Conocíamos la existencia
del doctor Lessel pues no había almuerzo en que nuestro padre no nos
contara algo sobre él —salvadoras decisiones en medio de una
cirugía, ligamientos circunstanciales de arterias obturadas,
bloqueos magistrales de hemorragias internas— que si bien nos
quitaban un tanto el apetito nos ilustraban sobre ese hombre
maravilloso cuyo rostro también conocíamos a través de las fotos de
la revista Heart a la cual mi padre estaba suscripto. El doctor
Lessel debía tener por ese entonces cerca de 70 años pero, sin
embargo, la letra manuscrita con que había enviado la buena nueva a
mi padre revelaba a un hombre de pulso aún firme y dedos de acero.
Mi madre, también conmovida por el anuncio, le preguntó
cariñosamente a mi padre cuánto tiempo se extendería la separación
familiar. Mi padre la tranquilizó. Él viajaba ya, urgido por sus
propias ansiedades y además por el reclamo imperioso del mismísimo
doctor Lessel, quien reclamaba casi de inmediato su presencia dado
que en un par de días comenzaba en Boston lo que él denominaba “La
temporada del ventrículo”. Según Lessel, el imprevisto alejamiento
de otro facultativo, el inglés Earl T. Wakelin, Jr., ante un confuso
caso de “error médico”, lo ponía en la circunstancia de solicitarle
a mi padre que viajara lo antes posible para tomar ese puesto. Pero
según mi padre en un par de meses, tres a lo sumo, estaríamos en
condiciones de viajar para unirnos a él, cuando ya hubiese
conseguido una espaciosa casa para vivir y también comprado —el
sueldo era más que jugoso— uno de esos enormes y suntuosos coches
americanos para salir a pasear por Harvard y sus alrededores.
Dos días después, entonces, viajó
nuestro padre rumbo a Boston. Lo vimos partir un sábado en un
SuperConstellation y era tal su entusiasmo que nunca imaginamos que
lo tendríamos de regreso el lunes en nuestra casa. Mi padre cuenta
que llegó a Boston el sábado por la noche. Lo esperaba en el
aeropuerto un abnegado asistente del Massachusetts Hospital, quien
lo trasladó hasta un confortable hotel de la zona de Kenmore Square.
Sería ése su transitorio hogar mientras realizaba los trámites de
trabajo y residencia, muy facilitados por el contrato que ya llevaba
en la valija refrendado por el mismo Hospital. Descansó bien y a la
mañana siguiente, cerca del mediodía para no parecer impertinente,
telefoneó desde su habitación a la casa del doctor Lessel, como éste
se lo había solicitado por carta. Cuidadoso, mi padre procuró no
interferir, con su llamado, la hora de la misa dominical ni la
familiar privacidad del almuerzo. Lo atendió un doctor Lessel
campechano y amable. Debo consignar que mi padre hablaba un inglés
casi perfecto ya que lo había estudiado desde muy pequeño, aunque se
le filtraba una ligera tonada chorrasquillera, propia de la gente
nacida en la zona que bordea la ribera norte del canal de Panamá.
Nos contaba luego, dentro de su desazón, que le paralizó escuchar la
voz de su admirado Lessel, al punto que no pudo articular palabra.
Lo volvieron a la realidad las protestas de su interlocutor creyendo
que se había cortado la comunicación. “Yo había leído infinidad de
trabajos de él —decía mi padre— pero allí caí en la cuenta de que
nunca había escuchado su voz. Fue como una revelación. Una voz algo
áspera y despareja que me decía que debíamos vernos ese mismo día en
el Mayflower Grill.” Mi padre, fiel a su moderación, insistió un par
de veces en que no quería molestar ni perturbar al doctor Lessel en
su descanso dominical, pero el doctor fue de un avasallador poder de
convicción y citó a mi padre en el restaurante a las cinco de esa
misma tarde. “Para conocernos, hablar de lo que será su trabajo,
transmitirle el espíritu del hospital e intercambiar ideas”, le dijo
Lessel. Mi padre comprendió: con su admirado y flamante director
eran almas gemelas, no conocían el descanso, no hallaban interés ni
atractivo en los días lejos del quirófano y sólo se les encendía el
pecho y la mirada cuando conversaban entre colegas sobre la
especialidad. De una puntualidad poco centroamericana, mi padre
estuvo en el Mayflower Grill a las cinco en punto de la tarde. El
restaurante era grande, clásico, y había muy pocas mesas ocupadas a
esa hora. Algunas señoras tomando el té, algún hombre de negocios
apurando un trago. Y mi padre divisó en una de las mesas alejadas de
la puerta al doctor Lessel, ya sentado, elegantemente trajeado de
gris, hojeando una revista médica. Mi padre se acercó a él: Lessel
le extendió la mano sin levantarse pero cordialmente, explicándole
que acostumbraba a llegar siempre un poco antes a las citas por el
temor a demorarse. Allí comenzó la charla, una larga recorrida por
aspectos de la especialidad, menciones a amigos comunes,
facultativos admirados, enhebrada por dos hombres entusiasmados por
compartir gustos afines. Lessel tomaba whisky, lo que tal vez
aumentaba su locuacidad. Y mi padre podía ser muy ameno en tertulias
sobre temas que dominaba a la perfección. Eso sí, él se mantuvo fiel
al té con limón o yerbabuena. En casa, recuerdo, solía beber un poco
de cognac por las noches, cuando había tenido que afrontar alguna
cirugía muy riesgosa, pero eran licencias que muy ocasionalmente se
brindaba. Y allí, en Boston, frente a su flamante empleador, no
quería demostrar vicio alguno.
Hablaron animadamente casi dos
horas y, dentro de su entusiasmo, mi padre pudo detectar un par de
cosas: que afuera ya había oscurecido y que el doctor Lessel bebía
un whisky tras otro, sin solución de continuidad, pero con una
impecable conducta alcohólica. “He aquí a un hombre —pensó en aquel
momento nuestro padre según nos contaba después— habituado a llevar
las riendas de una situación. Y que no vacila en gratificarse con un
buen scotch tras el trabajo de toda una semana, conocedor de
que puede controlar perfectamente sus pequeños vicios.” Advirtió,
sin embargo, que Lessel lucía ligeramente despeinado —era casi
calvo— y se manifestaba un poco más estentóreo que al comienzo de la
conversación. Siguieron la charla entonces, mientras alrededor de
ellos las mesas se iban poblando para la cena. Entonces el doctor
Lessel invitó a mi padre a cenar allí mismo. Mi padre vaciló, no
quería ser descortés, pero hubiese deseado no prolongar una
conversación que, pese a ser interesantísima, lo sometía a una
cierta tensión intelectual por saberse frente a una persona tan
admirada. Balbuceó alguna excusa pero Lessel no le dio oportunidad
para negarse. Le dijo que su familia pasaría la velada en casa de
una hermana de su esposa y dedujo que mi padre, por supuesto, no
tendría nadie con quien compartir la cena. Mi padre aceptó,
finalmente. Ordenaron sus platos y ni siquiera entonces mi padre
pidió vino o cerveza. Apenas agua mineral sin gas. Lessel, por su
parte, y ante una ya incipiente incomodidad de mi padre, seguía con
el whisky. Mi padre no quería distraerse de la conversación; Lessel
le explicaba con lujo de detalles una de sus últimas suturas de
válvulas sigmoideas, a la que denominaba “La Gran Lessel”; pero no
podía evitar la tentación de calcular cuántos vasos de whisky había
consumido su anfitrión. Estimaba que habían sido más o menos ocho.
Cuando Lessel se limpió la boca con la corbata dos veces, y luego
volcó torpemente un jarroncito con flores que decoraba el centro de
la mesa, mi padre —nos contaba luego— ya se hallaba realmente
desasosegado. Hasta que tuvo que admitir la cruda realidad de los
hechos: el doctor Spruce Conrad Lessel, el reverenciado científico
que lo convocaba a trabajar en su prestigioso nosocomio, estaba
borracho como una cuba. Transpirando, contestando ahora con
monosílabos, observando de reojo si desde las otras mesas se habían
percatado del detalle, mi padre asistía a la debacle de Lessel,
quien ya se había manchado tres veces la camisa con la salsa de su
plato y pugnaba inútilmente en pronunciar en forma correcta la
palabra “poplítea”. Mi padre entendió que frente a él la imagen tan
amada de su ídolo se estaba resquebrajando lentamente. Intentó un
par de veces detener al mozo que llenaba sistemáticamente el enorme
vaso de Lessel ante el más mínimo reclamo de éste. Supuso que esa
escena de alcoholismo descontrolado bien podía ser una constante
dominical, que Lessel repetiría con otros colegas, con enfermeros y
hasta con pacientes. Trató, por tanto, de no ser intolerante.
Después de todo, quizás aquél fuera un vicio privado y civil del
doctor Lessel que no alteraba su buen nombre ni su excelente pulso
en la mesa de operaciones. Por fortuna, la conducta de Lessel
todavía no había desbordado los límites de la mesa. Se le caía en
repetidas oportunidades el tenedor, atrayendo la atención de los
circunstantes, su discurso se había tornado totalmente caótico, pero
no se había puesto aún ni violento ni melancólico. Muy alterado, mi
padre contaba que sólo se le ocurrió rezar. Por ese momento, Lessel
entró en un espacio de silencio, cerrando los ojos muy fuertemente,
como si le doliese la cabeza. Se pasó entonces la servilleta por el
rostro y se mantuvo así unos minutos, con los ojos cerrados. Habían
llegado milagrosamente a los postres y mi padre dedujo que,
posiblemente, su interlocutor se había dormido, lo que lo
tranquilizaba en parte, pero complicaba la salida del restaurante.
Pasaron así unos minutos más, que fueron eternos y tremendos para mi
padre que asistía, paralizado, a esa suerte de duermevela de su
compañero, sumido en el pánico de imaginar que a su alrededor, desde
las otras mesas, habría ojos siguiendo tan extraña situación. De
pronto, Lessel abrió de nuevo los ojos y con voz calma y profunda
susurró: “Podríamos irnos”. Mi padre se apresuró a pedir la cuenta
con un dedo en el aire. Pese a su obnubilación, Lessel manipuló en
los bolsillos internos de su saco hasta encontrar la tarjeta de
crédito. En un estado casi catatónico acertó a firmar su boleta y a
adicionar incluso la propina. El mozo le preguntó al doctor Lessel
su apellido y su número de teléfono, lo que indicaba que no era
cliente habitual de la casa. Lessel contestó rápido y con bastante
claridad. Mi padre tragó saliva. Quizás su flamante jefe se estaba
reponiendo de tanto alcohol trasegado y ambos podrían marcharse con
cierta dignidad. “Okey, vámonos”, ordenó Lessel. Mi padre se levantó
observando por primera vez las mesas vecinas de un salón que estaba
casi completo. Detectó muchas miradas curiosas siguiendo sus
movimientos. Y en ese instante escuchó el estruendo. El doctor
Lessel había caído al piso estrepitosamente, arrastrando en su caída
la silla y parte del mantel. Mi padre y un mozo corrieron a ayudarlo
entre los gritos de otros comensales y gestos de estupor. Tras duro
esfuerzo lograron ponerlo de pie. Lessel era un hombre no muy alto
ni corpulento pero su total estado de ebriedad lo convertía en una
suerte de bolsa de papas difícil de enderezar. Mi padre asumió
entonces el papel de capitán de tormentas. Tras reponer más o menos
las ropas revueltas de Lessel, luego de lograr encasquetarle
nuevamente los lentes, con ademanes firmes desestimó la ayuda de
otros mozos. Calculó que podrían alcanzar por sus propios medios la
puerta de salida. Lessel intentaba, por su parte, transmitir algo a
quien quisiera oírlo, pero sólo alcanzaba a extender un dedo en el
aire y le patinaban las palabras entre las dos hileras de sus
dientes apretados. Estaba ya completamente despeinado y su aspecto
era lamentable. Por fortuna, mi padre había asumido su
responsabilidad. Aceptando la fragilidad y la debilidad de aquel ser
tan querido y admirado, pondría el pecho a la contingencia
haciéndose cargo de todo. Indicó a uno de los mozos que pidiera un
taxi y cargó con Lessel hasta cerca de la puerta, sosteniéndolo por
la cintura. El aliento del relevante médico junto a su cara era
insoportable y —contaba mi padre— le hacía llorar los ojos. En tanto
un mozo salía presuroso en procura de un taxi, mi padre acomodó a
Lessel contra el pequeño mostrador de admisión de clientes, para
arreglar un poco su propia ropa, desordenada por tanto forcejeo.
Estaba enderezándose el cinturón cuando, otra vez, Lessel se
precipitó a tierra como una marioneta a la cual le cortan los hilos.
De nuevo hubo gritos entre la gente, que no les había quitado la
vista de encima, y otra vez acudieron corriendo un par de mozos
solidarios. Rojo por el esfuerzo, transpirando por el mal momento,
mi padre maldijo la situación que estaba atravesando. Confesaba
después que sentía una enorme compasión por sí mismo y que se
hubiese puesto a llorar de buen grado, como una criatura. Lograron
poner en pie de nuevo a Lessel, que canturreaba una serie de
incoherencias. Se babeaba, además. Mi padre temió, en un momento
terrible, que llegara a orinarse. Mantuvo a Lessel sostenido por la
cintura hasta que llegó el taxi. En el trayecto hacia el coche
Lessel volvió a caerse y casi arrastra en su caída a mi padre, que
perdió un zapato entre los manotazos. En un último y titánico
esfuerzo mi padre logró introducir a su amigo en el coche,
rechazando, entre jadeos angustiosos, la ayuda del taxista. Cuando
hubo recuperado el aliento, preguntó al doctor Lessel la dirección
de su casa. Lessel barbotó, cinco o seis veces, una dirección
complicada, hasta que el taxista, ducho, logró individualizarla. El
viaje hasta la casa del eminente médico no fue muy largo. Cuando
llegaron, mi padre pagó, rechazó la colaboración del taxista y
prácticamente cargó sobre su hombro a Lessel hasta la puerta de una
bonita y clásica casa bostoniana. Por los murmullos entusiastas de
Lessel y algunos gestos de sus manos comprendió que aquella era la
dirección correcta y que el eminente facultativo reconocía su hogar.
Mi padre tocó el timbre, sin soltar a su compañero. Poco después se
abrió la puerta y apareció la señora Lessel, quien miró la escena
con gesto de relativo asombro. Corpulenta y decidida, recibió a su
marido de brazos de mi padre, mientras desgranaba un sinfín de
agradecimientos y disculpas. “Usted no sabe —aún recuerda mi padre
que dijo la señora— lo mucho que le agradezco, doctor...”— “Obaldía”,
le informó mi padre, aún jadeante.— “Doctor Obaldía... —siguió la
mujer—, todo lo que ha hecho por mi marido...”
Y luego le preguntó así, a boca de
jarro y naturalmente: “Pero... ¿dónde dejó la silla de ruedas?”
Cada vez que mi padre recuerda
esta anécdota —y no son muchas las veces, lo juro— cuando repite las
palabras de aquella señora preguntando eso, su voz se le altera y
tiende a resquebrajarse. Luego traga saliva y queda mirando hacia un
punto perdido en el espacio. Le sigue pasando lo mismo, lo aseguro,
que le pasó aquel lunes cuando llegó de vuelta desde Boston, adonde
se había ido apenas dos días antes, con intenciones de establecerse.
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