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De
Cuentos Completos,
Alfaguara, Buenos Aires, 2009.
Me sucedió dos veces en Buenos Aires, pero la segunda vez me
impresionó más, porque al carácter anómalo —“inusitado”—
de la escena, venía a sumarse la desagradable sensación de estar
viviendo algo por segunda vez. Y a nadie le gusta sentir más de una
vez en la vida que está viviendo por segunda vez algo que se repite.
¿No es cierto?
Tal vez lo sea. Yo, en ambas oportunidades, vi correr por la nuca
del chofer un hilito de sangre. Fueron jueves, distintos jueves del
mismo año y eran choferes cincuentones, choferes viejos, choferes de
una edad poco frecuente entre choferes de taxi en estos tiempos en
los que es más habitual que la profesión de chofer de taxi sea
escogida por hombres de veinticinco, treinta, cuarenta años a lo
sumo, gente que deja sus empleos, cobra una pequeña indemnización y
—como dicen ellos— "se pone" un taxi, un automóvil
—como dicen ellos— "para pucherear", y viven de eso: pucherean. Por
lo general se trata de hombres recién casados y algo en común debe
existir entre los hábitos de poner una familia y "poner un taxi",
pero no seré yo quien se ponga a comparar ambas costumbres en este
momento.
El segundo hilito de sangre, el de la segunda vez, era semejante al
primero, pero manaba más lentamente. Estoy casi seguro de que esa
segunda vez el hilito de sangre manaba más lentamente, más
despacio, quizá por efectos de la naturaleza de la sangre del
segundo chofer, más densa, más viscosa, que aunque surgiera de una
fuente idéntica, a una presión y velocidad idénticas, por efectos de
su mayor viscosidad o densidad tendía a adherirse con mayor firmeza
al vello de la nuca del hombre y a la piel del cuello del hombre,
provocando la imagen de un transcurrir más lento por la superficie
del hombre, la del chofer del taxi.
Otra diferencia: la primera vez descubrí el hilito de sangre cuando
circulábamos por Callao, en los tiempos en que por la avenida Callao
aún transcurría el tránsito en doble mano y los semáforos obligaban
a detener el automóvil en cada esquina a la espera de la señal verde
permisiva de los semáforos. La segunda vez, en cambio, vi el hilito
de sangre corriendo remolón entre los pelos de la nuca del chofer
mientras avanzábamos por la calle Paraguay entre Carlos Pellegrini
y Suipacha rumbo a la calle Maipú por la que el chofer se proponía
ensayar una salida hacia el sur, hacia los barrios del sur del
centro de la ciudad, adonde me llevaba mi destino. Esa segunda vez
ocurrió hace ya mucho tiempo y por entonces aún se circulaba en
doble mano por Callao, pero nosotros no circulábamos por Callao
sino por Paraguay rumbo al este y no nos detenían allí los semáforos
para fatigar nuestra penosa y ralentada marcha: nos detenían los
ómnibus que se detenían en cada esquina para librarse por detrás de
los pasajeros sobrantes mientras por una puerta delantera,
especialmente diseñada, suplían el vacío dejado por los salientes
atrayendo nuevos pasajeros entrantes, ansiosos por obtener sus
boletos, pequeños papelillos impresos offset a dos colores, con
bellas filigranas y números correlativos que ordenan a sus usuarios
según su rango de ingreso al vehículo expendedor. Todo es notable.
Por Paraguay, con mano única y circulación unidireccional acaecía lo
mismo que la vez anterior acaeció por Callao: era menester que en
cada esquina el taxi se detuviese. Por una u otra causa, eso era
menester. En el segundo caso, en el segundo episodio del hilito de
sangre, la causa que constantemente detenía nuestra marcha eran los
choferes de ómnibus. En esta ciudad basta que la policía y los
inspectores municipales relajen un poco el rigor de su control del
tránsito, para que los choferes de ómnibus se comporten "por la
libre", como decía el Che. Naturalmente, el arte del chofer de
ómnibus consiste en recorrer la mayor distancia posible en el menor
tiempo posible con el mayor número posible de pasajeros a bordo y
con un máximo de rotación o mutación de pasajeros, eso que los
analistas norteamericanos de servicios de transporte de pasajeros
llaman turnover. Tal la clave del negocio del chofer de
ómnibus y a mayor rendimiento de rotaciones, kilómetros y carga y a
menor tiempo empleado para la obtención de esas deseadas metas,
mayor estima se granjea el chofer entre sus colegas y entre los
propietarios de ómnibus, pues no siempre los choferes de ómnibus son
los propietarios de los ómnibus: basta para probarlo una sencilla
revisión de las actas del Registro Nacional de la Propiedad del
Automotor. Allí puede observarse que a menudo grupos de dos, tres,
seis, quince y hasta cincuenta unidades afectadas al Servicio Urbano
de Transporte de Pasajeros —es decir, ómnibus— figuran a nombre de
un mismo propietario. Sabiendo que un hombre sólo puede manejar un
ómnibus por vez, y admitiendo que nadie compraría segundos y
terceros y quintos ómnibus para tenerlos estacionados en la
terminal de ómnibus a la espera de concluir el recorrido de la
línea urbana en uno para mudarse a otro, queda probado que ha de
haber choferes de ómnibus que no poseen ómnibus y manejan ómnibus
de otros, de terceros, aunque no puede descartarse la eventual
existencia de una categoría de choferes de ómnibus que posean uno o
más ómnibus pero manejen ómnibus que son propiedad de otros, de
terceros. Estimo que en caso de probarse la existencia de esta
categoría residual de choferes propietarios que conducen ómnibus de
terceros no ha de tratarse de una clase unimembre por cuanto la mera
existencia de un chofer de ómnibus con tales características
tenderá a generar en el sistema de los ómnibus, o en el sistema de
los choferes de ómnibus, la irrupción de un rol recíproco,
implicando que para cada chofer propietario que conduce ómnibus de
terceros habría un tercero tal, que siendo propietario, no conduzca
su ómnibus sino el ómnibus del primero, o de otro chofer
propietario que no conduzca el suyo. Esto es difícil de explicar en
español a causa de la ambivalencia de los pronombres posesivos,
pero un analista de sistemas de propiedad de servicios de transporte
de origen alemán o anglosajón lo comprendería "en un abrir y cerrar
de ojos", como decía Eva Duarte. Lo que importa aquí es establecer
nítidamente que sean o no propietarios de sus vehículos. Los
choferes de ómnibus, en los horarios en que la comunidad más
necesitaría la observancia cabal de las reglamentaciones de
tránsito, tienden a transgredirlas con más frecuencia deteniéndose
en cualquier parte para abastecerse por delante de nuevos pasajeros
en reemplazo de los que en cualquier parte han ido desalojando por
su puerta trasera. Y de ese modo dificultan el tránsito de todos los
vehículos que recorren la ciudad, entre los cuales, paradójicamente,
también suelen contarse ómnibus, idénticos a sus propios ómnibus y
conducidos por choferes de ómnibus, colegas suyos, es decir, en
español "de ellos". Pero éste no es un cuento de ómnibus ni un
cuento de gramáticas, éste es el cuento de los dos hilitos de sangre
que en dos jueves distintos del mismo año vi en lugares distintos
de la ciudad, en dos distintas nucas de choferes de taxis. Hilitos
de sangre que manando de la cabeza de sus propietarios corrían por
sus nucas, tan parecidos que en la memoria sólo atino a
diferenciarlos por la velocidad con que se desplazaban por la nuca,
por el cuero cabelludo y por la piel del cuello de ambos taxistas.
Debo recordar que atribuyo esa diferencia de velocidades a una
diferencia en el grado de densidad o viscosidad de las sangres de
ambos choferes y no a la naturaleza de la fuente de su manar, ni a
la presión —sanguínea— con que ambos hilitos de sangre afloraban, y
menos aún me comprometería a sugerir que la diferencia de velocidad
estuviese determinada por una magnitud diferente de los orificios
fuente del hilito, factores que para un sistema de circulación de
fluidos en los que la velocidad depende del cociente entre la
presión y el tamaño del orificio, para una determinada viscosidad,
abonan en favor de una interpretación mecánica de los hechos. Para
mí, éste era un caso típico de diferencias entre distintos grados de
viscosidad o densidad del fluido, y no un mero caso de diferencias
entre presiones del interior de los sistemas (es decir, los dos
choferes), ni de diferencias entre las magnitudes de los puntos de
encuentro entre lo interior (los cuerpos) y lo exterior (las pieles,
los cueros cabelludos, la cuatricentenaria gran ciudad) es decir, la
herida, el orificio, la llaga, el agujerito o el "estigma",
cualquiera sea la naturaleza o la hipótesis sobre la naturaleza del
origen de ese punto de encuentro entre el interior y el exterior, es
decir, cualquiera sea la hipótesis sobre el origen del punto de
origen del hilito.
Cuando descubrí el hilito de sangre encendí un cigarrillo, un 555,
británico. La primera vez —por Callao— había encendido un Kent KS
Box, americano, y lo había hecho estimulado por la curiosidad que
me despertaba el hilito de sangre. En cambio, la segunda vez, la de
Paraguay y Suipacha, la vez aquella del hilito de sangre lento,
encendí el State Express 555 —gran cigarrillo— parcialmente movido
por la curiosidad y fundamentalmente arrastrado por la impresión que
me produjo la repetición de una escena ya antes vivida. Eso se
llama asombro, o desconcierto, o una palabra que promedie ambas
emociones y que aún no la hay. ¡Pero cómo no iría yo a
"impresionarme" por una escena vivida pocos meses antes si pocos
días antes había escrito un relato sobre mi primer episodio con el
hilito de sangre tratando de testimoniarlo, procurando extraer de
aquella experiencia algunas conclusiones e intentando promover en
mis lectores otras conclusiones que por entonces estimaba no era de
buen gusto explicitar en un texto...! Tales las diferencias entre
los móviles que provocaron el deseo de fumar del pasajero, del
testigo, del narrador, del fumador, de mí, que provocó que yo
encendiera mi Kent KS Box en un caso y mi State Express 555 en el
otro. En suma, todo consistió en una pequeña diferencia, si se sabe
deslindar lo meramente accidental. Resumámoslo: primero —Callao—
sangre aguachenta—Kent—curiosidad. Segundo: Paraguay—sangre
viscosa-555—curiosidad y desconcierto. Para muchos, a esta altura
del acontecimiento textual, el chofer de ambas historias ha de ser
el mismo. Explicito que no: los dos choferes diferían. Diferían no
sólo por la oportunidad (eran distintas), por sus automóviles (eran
Falcons distintos) y por la densidad de sus hilos de sangre. Esos
choferes también diferían porque eran choferes diferentes, personas
diferentes, valga decirlo así. Ambos choferes eran cincuentones y
ambos lucieron a su debido tiempo sus hilitos de sangre, pero el
primero, el de Callao, tenía la piel del rostro aceitunada y nariz
aguileña y yo pensé que sería un español. "Raza española, ha de ser
español él, o hijo de españoles o descendiente de puros españoles",
pensé. El segundo chofer, el de sangrar más remolón, el de la calle
Paraguay, tenía piel mate y nariz redondeada. Había en su cara algo
italiano —un lunar con pelos—, sus cabellos rubiones me hicieron
pensar en una incidencia eslava —algún polaco, un yugoslavo en su
progenie— y sus labios tenían el típico recorte oriental que puede
provenir de una herencia morisca, tal vez transmitida por un
gauderio del Chuy descendiente de judíos portugueses que en tiempos
de Aparicio Saravia pasó de la Banda Oriental a nuestro lado,
estableciéndose con rancho propio en lo que hoy bien puede ser la
parte de Ramos Mejía, o en tierras aledañas a la estación de
Ezpeleta. Los brazos del segundo chofer eran brazos anglosajones,
brazos como los de MacArthur o de Montgomery, que de tan anglos y
enflaquecidos de no hacer siempre llevan a preguntarse cómo esa
gente pudo ganar tantas y tantas guerras. Los brazos anglos del
chofer de la calle Paraguay, el de sangrar más lento, me sugerían
que en su argentíneo crisol de razas debió filtrarse algún temprano
desertor de los ejércitos civilizadores de Beresford y Popham. Se
sabe desde Lukacs, la narrativa condena a operar en el campo de las
ideologías. Pero resumo: el primero español, el segundo
hiperamalgamado, superargentino; eso diferenciaba nítidamente para
mí a ambos choferes.
Encendí mi 555 esa segunda vez y reconocí en el chofer a un
argentino, a un hermano de raza. Debía anunciarle de su hilito de
sangre. Pero... ¿Cómo hablarle? ¿Qué podía decir yo a ese hombre con
su hilito de sangre bajando por la nuca hacia el cuello, con mi
cigarrillo ya prendido y tres cuadras más allá del lugar donde le
descubrí el hilito de sangre bajador, que ahora ya incursionaba
tras su camisa y comenzaba a establecerse como hilito de sangre
invisible en la tierra de nadie que separaba la camisa de la piel de
la espalda...?
Porque el hilo de sangre ya estaba transcurriendo por la tierra de
nadie citada. Y yo, fumando ambas veces —la de Callao y la de
Paraguay que ya era la de Maipú pues acabábamos de doblar—, pensaba
esa segunda vez que bastaría con que el chofer se permitiese un
gesto de "relax" y estirase sus piernas para que el movimiento
compensatorio de su tronco llevase a su cuello a presionar sobre el
borde superior del asiento delantero del automóvil, determinando la
desaparición de esa tierra de nadie, y provocando que el hilito de
sangre quedase retratado contra la tela de la camisa, cuyas fibras
parcialmente naturales no tardarían en succionar ávidas ese jugo
que se difundiría a través de su trama textil para hacer de lo que
hasta ese momento era un hilo de sangre recorriendo su tierra de
nadie una mancha ya estática difundiéndose en el plano testimonial
de su camisa celeste de chofer.
Cuento la historia de la segunda vez, la de Maipú. Ya habíamos
doblado. Iba hacia el barrio sur, a la oficina de Salles aquel
jueves. Me concentro en este segundo episodio porque la primera vez
yo manejé muy mal la situación: inexperiencia, asombro, tal vez
cierta obnubilación provocada por el nerviosismo provocado por la
mala sincronización de los semáforos, que fue una de las
características nefastas que hoy a todos nos lleva a recordar con
amargura esa vieja Callao de doble mano.
Fumaba yo, miraba el hilito de sangre y me decía: "No bien el
ajetreo del tránsito brinde a este desdichado la oportunidad de
relajarse, extenderá sus piernas, se librará del permanente pedaleo
de freno, embrague y acelerador y clavando sus puños contra el borde
superior de la circunferencia del volante de dirección extenderá su
cabeza hacia atrás, mirará el tapizado que recubre la cara interna
del techo de este Falcon y entonces habrá llegado el instante en
que su hilo de sangre, esa parte ahora invisible para mí de su hilo
de sangre, se aplastará entre la piel y la tela celestona de su
camisa de chofer y lentamente su materia roja comenzará a
difundirse por la trama textil asumiendo la forma de una manchita de
sangre, después será una verdadera mancha de sangre oval o circular,
y después sólo Dios sabe la forma que adoptará la mancha en la
camisa de este infeliz...". Eso me dije y estuve a punto de
advertirle que un movimiento involuntario podría aplastar su hilito
y mancharía su camisa, pero mirando hacia adelante vi que Maipú
seguía atestada de ómnibus y taxis y automóviles particulares y
camiones de los nuevos servicios de limpieza urbana y entonces me
dije (siempre "yo" diciéndome "yo") que el pobre hombre no contaría
con el instante de relax imprescindible para que su hilo de sangre
concluyera dando de sí todo lo que un hilo de sangre pueda dar: una
mancha, su sentido final. "Sí —me dije—, está lejana la posibilidad
de que este hilo de sangre alcance su sentido final: el riesgo
parece momentáneamente conjurado." Entonces, con la experiencia
que me asistía por haber vivido una situación semejante pocos meses
atrás, y con la destreza que me brindaba el azar de haber escrito
sobre aquella experiencia pocos días atrás, decidí dirigirme sin
eufemismos al chofer, tan educadamente como puede uno dirigirse a
otro en la ciudad sin denotar amaneramiento ni resultar sospechoso
de una identidad homosexual y hablé así:
—Dicen que vuelven a aparecer los choferes que sangran.. .
Mi frase lo tomó por sorpresa. Tardó varios segundos en asentir con
la cabeza y recién después de unos cuantos metros de calle entreví
que se disponía a hablar. En efecto, rebajó a segunda, oprimió el
pedal de freno para ceder el paso a una mujer que cruzaba Hipólito
Yrigoyen rumbo a la plaza con un niño en brazos y dijo:
—Eso comentan... vuelta a vuelta cae uno al garage donde yo guardo
el coche y dice eso... que están volviendo a aparecer...
—Lo tiene bien eh... —dije para disimular el tema de mi interés.
—¿El qué? —preguntó el hombre. Yo había disimulado mucho.
—El auto... lo tiene bien. No es común encontrar coches tan
limpios... hoy en día...
—Vea... va en costumbres... son formas de ser... depende de la clase
de gente que sea el dueño.
—Claro —dije—, eso dice mi mujer... la clase se ve en lo que uno
hace, en cómo tiene las cosas.
—Cierto —respondió—, mi mujer dice igual.
—Las mujeres saben de estas cosas... todo el día en la casa...
casualmente —agregué— ayer mi mujer... me hablaba de... —fabriqué un
poquito de suspenso.
—¿De qué? —Ya había despertado su curiosidad. —De eso... de que
habían vuelto a aparecer los choferes de taxi que sangran... Eso me
dijo que le habían dicho, yo le dije que no vaya a creer...
—No crea —dijo él— … vuelta a vuelta me dicen que aparecen
algunos...
—¿Y por qué será?
—Vaya a saber —dijo él —costumbres.
—Sí... viéndolo así se explica... pero dígame —lo interrogaba
fingiendo ignorar todo acerca de los choferes que sangran y
disimulando el hecho perentorio de haber sido yo mismo testigo
ocasional del fenómeno ya en dos oportunidades—: ¿Dígame si eso no
los perjudica en su trabajo...?
—No sé... para mí que sí... pero si andan y vuelta a vuelta vuelven
a aparecer, algún provecho han de sacar de eso.............. ¿No
cree?
—Sí —le dije.............. pero ¿qué provecho pueden sacar...?
—Y... no sé... pero alguno ha de ser. ¿No es cierto? Entonces,
sintiendo que tenía la situación bajo control, me lancé con todo
sobre mi presa. Yo quería saber:
—¿No será usted uno de los choferes que sangran, no? El hombre dio
un respingo en su asiento. Pareció ofenderse y me habló mirando con
encono hacia el reflejo de mi cara en el espejo retrovisor del
Falcon:
—¡No! ¿Qué se cree usted que soy...? ¿Eh?
—Nada —le dije, fingiéndome intimidado por la violencia de su
respuesta—, nada. Fue una pregunta, un preguntar apenas nomás... se
me ocurrió... de golpe se me ocurrió decir... preguntarle... se me
ocurrió que usted podía ser uno de esos que se ponen a sangrar en el
taxi...
Entonces se volvió hacia mí. Creo, pasado el tiempo creo, que eso
era en rigor lo que yo quería de él, que a despecho de su enorme y
franco espejo retrovisor se volviera hacia mí. Y él se volvió hacia
mí para mostrarme su mirada de reproche y al volverse el cuello de
su camisa se aplicó contra el borde del asiento: la suerte estaba
echada. Ya no hubo más tierra de nadie junto a la piel de su cuello
y su espalda y la tela de su camisa de chofer comenzó a teñirse con
la sangre que se difundía a merced de la succión sedienta de las
fibras de algodón que parcialmente componían la trama de su camisa
de chofer celeste.
—¿Qué se cree usted? —enojado hablaba.
—No, nada yo me creo... nada... discúlpeme si lo ofendí…
—No... usted tendría que ofenderse... el que tiene que ofenderse —me
dijo como quien imparte una enseñanza ancestral— es usted... se lo
digo en la cara: ¡Usted se engaña con la gente...!
—Puede ser —concedí suavizando la voz y ahora sí con un no simulado
respeto— …todos se engañan con la gente... eso decía Pasolini... ¿Ha
leído Pasolini alguna vez? —dije para cambiar de tema mientras
cruzábamos la avenida Belgrano.
—¿Qué Pasolini? —preguntaba sin advertir la mancha de su camisa que
yo ya no podía dejar de mirar interesado…, ¿el artista de cine?
—Sí... ése...
—Qué... ¿también hace libros...?
—Sí... ¡hacía libros!, murió... ¡lo mataron!
—¿Qué...?, ¿al de La dolce vita lo mataron? —preguntó
confundiendo todo en ese instante en que se iba confundiendo su
sangre con la intimidad de la trama de las fibras del algodón.. .
—Sí... lo mataron... —le confirmé.
—Ah... ahora me acuerdo... esos hippies drogados que le escribieron
toda la casa...
—Sí... —dije. Entonces advertí que Pasolini, que para él en vida
formaba un cuerpo con Mastroianni o con Fellini, muerto pasaba a
pertenecer al mundo de Sharon Tate, Polanski y la cultura
anfetamínica del clan Manson. Pero yo no podía detenerme a explicar
eso a un hombre cuya sangre formaba ahora cuerpo con la tela de su
camisa que había sido celeste y ahora, allí donde el mensaje rojo la
invadía, tomaba un color de ladrillo oscuro, y tampoco me sentí muy
seguro de que no hubiese en la vida de Pasolini algún instante
privilegiado de identificación con el fantasma vivo y embarazado de
Sharon Tate.
—No sabía que ése escribió libros... -dijo mi sangrante chofer.
—Sí —le informé—, escribió muchos libros... buenos... y en uno de
los libros decía algo parecido a lo que usted me dijo reciencito...
eso de que todo el mundo se confunde con la gente...
—Ah sí... —decía el hombre, mientras yo no pasaba por alto que en
ese instante, él, en su intimidad, maldecía el tránsito obstruido
de la calle Chile...
—Y a propósito de eso... le quería preguntar su opinión: si por
ejemplo usted fuese un pasajero y le toca un chofer que sangra, uno
de esos que andan sangrando y sangrando, ¿qué haría usted?
—encuesté yo.
—No sé... ¿qué iba a hacer?
—Y no sé... yo no soy taxista... por eso quería conocer su
opinión...
—¿Qué le iba a hacer? Lo dejaba... a mí que el hombre sangre o no
sangre me da igual... si soy el pasajero querría que maneje bien y
nada más... eso me alcanza, ¿no es cierto?
Ésas fueron sus últimas palabras: "no-es-cierto". Llegábamos a
México y Bolívar, mi destino. Pagué con un billete de diez mil pesos
y mientras vigilaba que mi interlocutor no me timase con el vuelto
—viejo hábito de los choferes de Buenos Aires— miré cómo su mancha
iba creciendo hasta formar una figura del tamaño de una hoja de
nogal, o de tilo joven. Hubiese querido saber a qué hora dejaba ese
chofer su turno para estimar mejor las dimensiones que llegaría a
adquirir su mancha al cabo de la jornada de trabajo, pero pensé que
si lo preguntaba directamente él me respondería cualquier
guarangada, o lisa y llanamente, con su humor de perros, me
mentiría como a un niño. Además, pensé aquel día (y hoy,
analizándolo mejor me convenzo de que estaba en lo cierto) que en
el curso de la tarde no faltaría un pasajero poco experimentado en
viajar con choferes que sangran que, comedido, le anunciara que su
hilito de sangre ya era evidente y que su camisa manchada no hacía
sino corroborar que también él era un chofer que sangra, llevándolo
a tomar conciencia de que su diálogo conmigo durante el mediodía no
había sido producto del azar ni el capricho de un pasajero
impertinente sino que obedecía a una realidad de la que él mismo
formaba parte y que su natural obstinación de chofer le impedía
asumir. Cuando parado en el cordón de la vereda recibí mi cambio,
mantuve abierta la puerta trasera del Falcon y conté: tres billetes
de mil, uno de quinientos, dos monedas de cien pesos. Estaba bien,
el viaje había costado seis mil trescientos pesos, así lo indicaba
el reloj empotrado en la consola del auto. Sólo cuando verifiqué
las cifras cerré la puerta y dije "adiós" o "buena suerte" o alguna
de esas frases que se suelen decir al terminar un viaje.
1980
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