|
De Cuentos completos 1945-1987,
Ediciones RyR, Buenos Aires, 2010.
Ahora don Aldo murió.
Y no puedo hablar de él. Bien o mal. Y si hablo bien nadie me puede
decir que es para sacarle plata.
Porque ahora don Aldo
murió y a la tarde aquella se la tragaron los años. Muchos años.
Y don Egidio murió
también. Murió el año pasado en Avellaneda. Por ahí andaban los
diarios con las fotografías y los discursos.
Pero ahora don Aldo
murió y nadie puede decirme nada. Mi mujer tampoco. Pasa al lado
mío, me mira y se calla la boca. Hace bien. En cuanto diga una
palabra la muelo a correazos. No es el momento de hablar ahora.
El hijo de don Aldo,
ése que andaba por afuera, tampoco habló. Se me vino encima y me
abrazó llorando. Y yo lo apretaba fuerte al pibe y lloraba también.
Y a la gente que había en el velorio la miraba. La miraba con rabia,
desafiando. Porque ninguno de los que estaban allí podían decirme
nada ahora. Y porque el pibe me abrazó a mí y a ninguno más. A mí
sólo, a Cipriano.
Hacía veinte días que
no lo veía a don Aldo. La última vez fue un domingo a la mañana.
Gringo loco, vino a golpear a casa para contarme no sé qué cosa de
la contribución territorial. Como si a mí me importara un pito de la
contribución territorial. Ahora que el rematador se hizo cargo de
todo.
Pero yo lo escuchaba
y me daba risa oírle decir que había tiempo hasta junio y que la
multa y qué sé yo que lío de papeles. Como si yo fuera un
propietario, un gringo como él. Como si yo la hubiera comprado a la
tapera ésta y no la hubiera recibido de mi mujer cuando los terrenos
por aquí no valían nada.
Pero él no entendía
de esas cosas. Me hablaba y me mostraba las boletas y me daba
consejos.
Así fue siempre. Y
por eso yo lo quería al gringo. Me llamaba don Cipriano y le gustaba
oírme hablar de las cosas de antes. Veinte veces, lo menos, le habré
contado lo del '90. Cuando era muchacho chico y andaba con los
revolucionarios en la plaza Lavalle. Y cuando lo vi a Alem en el
Parque. Y cuando zumbaban las balas que era un gusto, y qué sé yo
cuántas cosas más.
Él se embobaba
oyéndome hablar. Le brillaban los ojos como a un chico y hacía que
le repitiera las partes en que yo había hecho esto o aquello. Claro
que yo inventaba un poco. No por mala intención, sino por eso. Por
verlo cómo se entusiasmaba el gringo y me demostraba su admiración.
¡Qué cosa! Me admiraba el gringo. Y estoy seguro que no era por lo
que yo le contaba. Vaya a saber por qué era. Me tenía respeto. Me
trataba como a su amigo. Me decía don Cipriano. Y eso siempre, desde
el primer día que lo conocí.
Fue en el año 22 ó
23, me acuerdo. Él se había mudado recién a su casita y estaba un
domingo a la tarde en la puerta, leyendo el diario. A ratos se
levantaba y se paraba frente a la casa para mirarla como a un chiche
nuevo. Yo me reía por dentro al verlo. En una de esas se cruzó y
empezamos a conversar.
Cuando supo que yo
hacía veinte años que vivía en el barrio casi me felicita. Y todo lo
que yo le contaba, de la gente que había ocupado esos terrenos antes
de que se lotearan, del corralón que ahora no estaba más, pero del
que todavía podía verse el portón por donde entraban las chatas...,
todo, todo le parecía maravilloso.
Y así empezó mi trato
con don Aldo. Desde esa vez casi no pasaba domingo que no nos
juntáramos para charlar largo y tendido.
Una vuelta me
preguntó de qué trabajaba, y yo por decirle algo le dije que de
albañil, pero que andaba sin ocupación por el momento. ¿Qué le iba a
decir? Todo el mundo sabe que yo trabajo de albañil cuando las papas
queman. No le iba a contar a él que con los pesos que me dio don
Egidio para las elecciones todavía podía ir tirando sin trabajar.
Con lo de don Egidio y con lo que ganaba mi mujer lavando para
afuera, se entiende.
Pero él se apenó
mucho y prometió conseguirme trabajo. ¡Yo qué iba a imaginar!
Bueno, eso fue el
domingo. El miércoles por la noche se aparece por mi casa golpeando
las manos. “Don Cipriano, le conseguí trabajo”. La boca se te haga a
un lado, gringo entrometido. Pero, esas cosas raras, voy y le
aprieto los cinco como agradeciéndole. “Me ha hecho un gran
servicio, don Aldo”. Hubieran visto. Le bailaba en la cara la
alegría. Ahora pienso lo que habrá tenido que caminar. Era muy bravo
en aquellos años.
Y lo lindo del caso
es que al otro día estaba trabajando. Qué sé yo por qué. Por puro
contentarlo al gringo, nomás. El constructor, un paisano suyo, me
trataba como a ingeniero. Seguro por las lindezas que le habría
contado el gringo.
Y ahí trabajé unos
meses. Dos o tres, no me acuerdo. Uno tenía sus obligaciones. El
comité, los amigos, don Egidio. Pero dos meses lo menos trabajé. Y
eso por don Aldo.
Nos seguíamos viendo
los domingos. O en las noches de verano. Cuando el calor empuja a la
gente a la calle.
Eran lindas esas
noches. Las ranas tocaban campanitas en la zanja. Y el olor a tierra
húmeda, a crisantemo de los jardines recién regados. Y el ligustro
atorándose de sombra. Y los paraísos.
Hasta tarde solíamos
quedarnos charlando. O a lo mejor callados, mirando el agua de la
zanja como se sacudía de golpe con una zambullida. O los bichitos de
luz que levantaban estrellas en los baldíos.
Eran lindas esas
noches. Y a mí me gustaba cuando don Aldo me hablaba de sus cosas.
Cuando vine a América, ¿sabe?, me soñaba tener una casa y una
familia. Muchos hijos, sabe. Así como usted. O más todavía. Ocho,
diez. Una mesa larga, larga, y todos allí a la noche comiendo con
buen apetito. En mi ciudad había un sastre que tenía doce. Todos
carabineros. ¿Se imagina? Con estos sombreros grandes..., me decía.
Era como si me
agarrara de la mano y me llevara hasta su mundo. Simple, limpio. Él
me hablaba y yo entonces era un buen hombre.
Los pibes retozaban
sobre la calle de tierra. Las mujeres arrimaban las sillas y se
juntaban en la vereda. Y nosotros ahí charlando, dejando correr ese
tiempo simple y lindo como las palabras de don Aldo. Hoy, cuando
entré a su casa, estaba allí ese tiempo. Se me apareció de pronto.
Venía mezclado en el perfume de la diosma que rocé al cruzar el
jardín. Lo mismo que antes. Y ahora estoy aquí acordándome de
aquello y quisiera que aquellas noches se me quedaran solas en el
recuerdo. Simples, limpias. Y quisiera olvidarme de todo lo que vino
después.
No sé cómo vino. Yo
algo colegía, claro. Pero nadie me había dicho nunca nada.
Una vez mi mujer se
largó a hablar. Fue después de unos gritos que yo pegué. Lo que vos
tenés que hacer es dejarlo tranquilo al italiano ese. ¡Atorrante! No
te da vergüenza. Aquí, donde te conocen todos. Plata le querrás
sacar. Y ladrón, y estafador, y que me iba a hacer meter preso y qué
sé yo cuántos disparates.
La fajé hasta dejarla
tendida. Y no se me fue la rabia después de haberla fajado. No se me
fue porque eso estaba allí todavía. Eso, lo que me había dicho mi
mujer, estaba allí. En medio de la calle. Orejeándome los pasos.
Pegándose como un bicho baboso.
Desde entonces me
hice desconfiado. Si los vecinos conversaban, yo paraba la oreja. Me
daba cuenta lo que pensaban esos desgraciados. Tenía un miedo
bárbaro de que le fueran con chismes al gringo. Si veía a alguno
hablándole a don Aldo, ya me parecía que me estaban ensuciando. Y
más de uno lo hizo; después lo supe.
Otra vez fue mi chica
la mayor la que me vino con el cuento. La había oído a la mujer de
don Aldo hablándole de mí. Peleándose con don Aldo por culpa mía.
Y don Aldo, ¿qué
decía?, le pregunté.
Nada, él ni le
contestaba, leía el diario, me dice mi chica.
¿Y la mujer? ¡Uh!,
las cosas que gritó la mujer, me dice. Que si no le daba vergüenza
juntarse con vagos y que era un estúpido y que le iban a sacar hasta
los mocos y que el Cipriano ese es un matón y un degenerado. ¿Y don
Aldo? Nada, ¿no te dije?, la dejaba hablar.
Claro, eso era lo que
estaba allí. Lo que los vecinos me dejaban ver con alguna sonrisita
y que mi mujer y la mujer de don Aldo lo habían dicho redondamente.
¡Me daba una rabia!
Yo sabía que no era
igual que don Aldo. ¡Qué novedad! Yo no iba a comprar una casita
para pagar en veinte años, ni iba a deslomarme trabajando para que
los hijos estudien, ni iba a hacer muchas de las cosas que hacía don
Aldo. Yo soy de otra laya. ¿Pero aprovecharme de él? Al gringo yo no
era capaz de tocarle un pelo. Y eso era lo que la gente no entendía.
Pero ahora don Aldo
murió. Y la gente puede pensar lo que le dé la gana. Y si por ahí
llego a nombrar a don Aldo, no voy a ver esas sonrisitas pegándose a
las palabras como un bicho baboso. Porque ahora don Aldo murió. Y a
la tarde aquella se la tragaron los años. Muchos años.
La tarde aquella. Si
no fuera por aquella tarde, yo hoy sería otra cosa. Estaría bien
acomodado. Y la gente a lo mejor me llamaría don Cipriano y me
tendría respeto y no pensaría que si me arrimo a un gringo es para
sacarle plata. Pero de eso, claro, no dice nada la gente. ¡Total! Si
don Egidio dejó de contar conmigo para las campañas electorales será
porque yo soy un tránsfuga, ¿no? Pero yo no soy ningún tránsfuga y
si don Egidio me perdió la confianza es por otra cosa. Es por lo que
pasó la tarde aquella. Y por don Aldo. Y porque don Egidio era así.
Un buen hijueputa, después de todo. El que le caía en desgracia ya
podía darse por perdido. Yo lo sabía. ¡La pucha si lo sabía! Don
Egidio arrastraba más libretas que cualquier otro diputado en todo
el país. En la parroquia era como un dios. No tenía ninguna gana de
andar mal con él. Y si lo hice, fue por don Aldo.
Fue un domingo de
elecciones. Mi casa tiene mucho terreno y por eso la elegían siempre
para el asado. Por eso y porque yo era un hombre incondicional. Ahí
se juntaban correligionarios y amigos para festejar el comicio. La
gente chupaba, comía y jaraneaba en grande. La plata sobraba siempre
para esas cosas.
A mi familia la había
fletado desde temprano. Esas fiestas no son para las mujeres. Nunca
falta un mamado que quiera meterse a loco.
Yo no había parado un
momento de atender a los que llegaban. No es tan fácil como parece.
Servirles, sí, de lo que quisieran, pero había que evitar que se
mamaran hasta después de haber votado. No fuera que después en el
comicio no los dejaran entrar.
Para eso teníamos un
coche a disposición. En grupos de cuatro o de cinco los íbamos
sacando para llevarlos a las mesas. Después, a la vuelta que
chuparan hasta morirse.
Serían como las
cuatro de la tarde. La mayoría de la gente ya había votado, así que
la jarana se había puesto bastante regular.
Don Egidio estaba con
nosotros. Ya había dejado de recorrer con su auto y se venía para
quedarse.
Dos cantores, me
acuerdo, se habían trenzado en una payada. Ya gangoseaban y la voz
les salía ronca por el vino. ¡La pucha!, hacía como tres horas que
estaban dale que dale a la guitarra y a la botella. Nosotros nos
entreteníamos escuchando y les festejábamos los versos.
Esas son cosas que se
van perdiendo, así que algunos de la calle se fueron arrimando por
curiosidad.
En eso llegó don
Aldo. No me gustaba verlo por ahí. Lo saludé, lo atendí, pero no me
gustaba.
Él se puso en seguida
cerca de los cantores. Los miraba contento y asombrado. La primera
vez que vería eso, seguro.
Yo lo distinguía de
lejos por el saco pijama, pero después lo perdí de vista. Había
llegado gente nueva y estaba ocupado. El auto, a todo esto, seguía
llevando votantes. Un borracho armó un escándalo en la puerta porque
no lo querían cargar y tuve que salir a frenarlo.
Y al entrar de vuelta
fue cuando lo vi a don Aldo. Estaba parado en medio de un grupo que
le protestaba. Uno, sobre todo, parecía el más exaltado. Era un
rubio con fama de malo, al que don Egidio tenía de ayudante o algo
así.
Gringo sonso, pensaba
yo, ¡por qué no te callarás la boca y te volverás a tu casa! No se
me podía ocurrir lo que había pasado. Más tarde lo supe.
El gringo había
entrado en conversación con algunos y entre las lindezas que dijo
fue que un paisano suyo era muy amigo de un diputado. Y que el
diputado ese era una maravilla de hombre, sencillo, decente. Y no
hacía más que ponderarle las virtudes. Ni cuenta se dio que el
diputado era de la oposición. Fue el rubio que en una de esas le
largó a boca de jarro: “Ése es un coimero y a más cajetilla y no
vale ni una escupida.” El gringo no lo podía tolerar. Que no, que
estaba equivocado, que el paisano suyo lo conocía bien y que el
diputado era una maravilla de hombre.
No sé bien cómo
siguió la cosa, pero cuando yo llegué, el rubio se estaba
deslenguando demasiado y lo atacaba directamente al gringo.
Don Egidio, desde una
mesa donde había estado jugando a los naipes, los miraba
tranquilamente.
Yo no me quise meter
y me senté por ahí cerca haciéndome el distraído.
Y el gringo seguía y
seguía. Lo hubiera sacado a empujones para que aprendiera a no ser
sonso.
Se estaba poniendo
fiero el asunto. Y el gringo como si tal cosa.
Se lo quería comer
con los ojos el rubio. En eso hizo medio el gesto de manotear el
cuchillo, y yo me levanté.
Callate gringo, no
metás más la pata. Andate ahora mismo, ¿querés?
Pero me iba acercando
despacio, despacio, arrastrando las chancletas sin quitarle la vista
de la mano al rubio.
Gringo pavo, achicate,
pedazo de infeliz, pensaba.
Pero me seguía
acercando, acercando, refalándome entre la gente, viendo como al
rubio se le iba la mano y viendo como su sombra se abría cancha
entre la tierra del patio...
Di un rodeo y sin
decir nada me fui a parar al lado de don Aldo. Nada más. Ni una
palabra dije. Ni siquiera llevé la mano al cuchillo.
Se hizo un silencio
que no voy a olvidar nunca.
Desde la esquina
llegaba el griterío apagado de algunos muchachos.
Detrás de mí, una
gota de grasa chisporroteó en la ceniza.
Don Egidio ni se movió de donde estaba. Sus ojos
chiquitos nos medían atentos como orejeando un naipe.
Le hizo una seña y el
rubio bajó la mano y se apartó callado la boca.
Don Aldo se fue.
Alguno le pidió un
valzer a los guitarreros, y una musiquita floreada empezó a
moverse en el aire como queriendo entibiarlo.
Don Egidio en su mesa
les hablaba en voz baja a los que estaban con él.
Al terminar la música
aplaudió, se levantó felicitando a los guitarreros y se fue
despidiendo de la gente. Siempre muy campechano y como si no hubiera
pasado nada.
Yo vi cuando algunos
lo acompañaban hasta la puerta y lo seguían hasta el auto, donde se
metió con el rubio y se fue.
A mí ni me había
mirado.
Y eso fue todo. Don
Egidio ya no está más. Pero los años que siguieron a esa tarde
fueron años muy bravos para mí.
Los vecinos nunca
supieron nada. Tránsfuga, habrían oído por ahí y lo repetirían
seguro.
Mi mujer tampoco supo
nada. ¿Qué le iba a decir a ella?
Y los que estaban
esta mañana en el velorio de don Aldo tampoco sabían nada.
Y ni el mismo don
Aldo sabía que yo una tarde me jugué entero por él. Y por ese mundo
simple y limpio adonde él me hacía entrar llevándome de la mano.
Pero el pibe lloraba
y me abrazó a mí. Y yo lo apretaba fuerte al pibe y los miraba con
rabia, desafiando. Porque ninguno podía mirarme con aquella
sonrisita ahora, con aquel bicho baboso pegándose a las palabras.
Y porque el pibe me
abrazó a mí y a ninguno más. A mí solo. A Cipriano.
ir arriba
|