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Bahía lejana
En un instante las palabras quedan en suspenso. Se
olvidan de sí, de ser expresadas. En la punta de los labios trémulos
hay un dejo de piedad y de azoro. También flota, y se impone, la
sensación visceral de ser devastado por un acto injusto y, de
pronto, un pasmo que se traga, voraz, el orden racional. Una
ligereza lleva no sólo a la mirada, sino a toda la conciencia de la
que se es capaz, a una última cita con una fisura que succiona y
engrandece lo último del ser orgánico. Un vuelo final de entrega a
la inmensidad luminosa, en plenitud. Alrededor, en un atisbo
rezagado, lo conocido, la suma del sentir y el percibir, lo más
abstruso y lo más claro se desplazan lentos, aunque sea un trayecto
vertiginoso e intenso hacia la nada en una fuga sin fin. Tal es,
cuentan los que la han vivido y vuelto al mundo de lo tangible, la
experiencia de la muerte. Han sentido el porvenir de todos nosotros.
La amnesia que ignoramos. Y también debe ser el trance de los
decapitados. Atrás quedan las manos atadas y el cuello rígido, o en
una silla, o de hinojos ante el cadalso. Un ruido que sisea muestra
su voluntad de eternidad, y los párpados se entrecierran en un
impulso extático. El cuerpo desaparece, convulsivo, incrédulo,
mudo. Víctima de una sustracción elemental, el dolor brota tan
intenso que escapa a su entendimiento. Todo se oscurece: el sol,
los colores cotidianos, los recuerdos, los afectos, lo que fue
motivo de apego, o delirio, o indiferencia, la discordia y el
intervalo que llamamos dicha. Una extrañeza que desconoce el
propio rostro, o las manos y su temblor, el sabor del aire. El
mundo es un giro puesto al revés. El puro estar en suspenso. Y
luego, la noche.
Pienso en aquello mientras contemplo el mar. E
imagino la interioridad de la decapitación como un teatro secreto,
en el que confluyen los testimonios de quienes han observado
decapitaciones y las palabras de quienes han estado en el umbral de
la muerte y han sobrevivido. Como, durante breve tiempo, mi hermano
mayor. Su corazón guardaba un defecto de nacimiento y, al paso de
los años, se agravó al calcificarse una arteria. Una mañana,
mientras se sometía a una prueba clínica, un ejercicio de esfuerzo,
cayó al suelo, incapaz de resistir. Fue reanimado y, cuando
despertó, su mirada había cambiado. Y era él, pero ya no era él, a
quien conocimos. No sólo tenía los ojos melancólicos y perplejos:
llevaba en ellos una hondura extraña, de bondad pétrea, de viajero
antiguo proveniente de un ultramar monstruoso. La intención puesta
en algo que a otros se nos escapaba. Se le volvió un tema
recurrente, casi un gesto obsesivo, hablar de la luz que contempló.
Deambulaba en su vida de retiro inmerso en la nostalgia de aquella
luminosidad. ¿Con quién parecía dialogar en silencio? Oscilaba en
una encrucijada difícil, y los mismos platillos y el vino que antes
disfrutaba le sabían distintos. Comenzó a hablar de sí en tiempo
pretérito. Se despedía poco a poco de nosotros. Debieron realizarle
una operación quirúrgica para restaurar su salud. Sobrevivió mal. Su
despedida se alargó, estupefacto frente a lo que acontecía, puesto
en vilo entre aquel resplandor y su vida, ya cancelada. Un mero
inventario para otros en el que ejercía de mayordomo discreto. El
relato de su encuentro con la luz final me ha rondado a últimas
fechas. Pasaron ya más de diez años desde que mi hermano murió. Sólo
en sueños hablamos.
El mar adviene y escucho el golpe tenaz de las olas
contra los riscos. Distingo la voz de algún niño que parece resonar
en mis pensamientos. Mucho tiempo atrás visitamos este hotel con
nuestros padres. El Mirador, se llama, y se encuentra en la bahía
de Acapulco. Abajo, muy cerca, se observan unas rocas altas del
litoral hacia la costa grande denominadas La Quebrada. Cuando el
puerto de Acapulco inició su destino turístico medio siglo atrás,
comenzó también un espectáculo modesto, pero riesgoso, de
clavadistas morenos de tanto sol, la piel brillante por el aceite
de coco. Se arrojaban en una caída libre de cuarenta metros desde
aquel peñasco hasta el mar afilado de olas en rebato perpetuo. El
estruendo alegre del cuerpo al entrar en el agua me llega ahora. Los
turistas aplaudían el lance y los ayudantes del clavadista en turno
recogían las monedas de regalo. Recuerdo el aroma del mar, la
exultación en el aire, sal en el olfato, pescados que boqueaban
sobre la arena fina y guisos picantes. El calor en las plantas de
mis pies, el rastro de las hormigas y el ardor inmediato en la
piel. Barcas viejas en muelles ruinosos. Y redes en sopor sobre la
madera ennegrecida de tiempo. La gente amable, su habla que tornaba
asperezas en melodías, la tentación de las olas. El grito agudo que
ahora recupero. Un mundo de espuma y de risas, de festejo y de
fatiga al final del día. El manto familiar y la leche tibia en los
bungalows o pequeñas casas blancas y azules que las familias
rentaban durante días. Un amanecer se esclarecía allá.
El Mirador luce muy distinto ahora. En las
inmediaciones de La Quebrada la violencia se ha instalado. Extraigo
de una maleta unas fotografías que llevo conmigo. Al hacerlo me
lastimo un dedo por torpeza contra un filo de metal. Estamos mis
padres y mis hermanos sentados en esa veranda que vuelve a unirse
con mis recuerdos: ahora el hotel ha crecido hacia un lado en donde
múltiples cuartos se han construido. La oficina principal muestra
todavía los relojes con la hora de Nueva York, Londres, Buenos
Aires. El resabio de una aspiración mundana ya perdida: desde
tiempo atrás, Acapulco ha dejado de ser un destino favorito de los
extranjeros para convertirse en un puerto al que vienen a disfrutar
los viajeros de otros lugares del país. De Michoacán, de Jalisco,
de Colima, de Nayarit, de Sinaloa, o de otras partes en las que el
comercio, el trasiego, los negocios del tráfico de estupefacientes
han mejorado la economía.
Primero llegaron los grandes jefes, y se instalaron
por temporadas en los lugares que antes fueron exclusivos de
banqueros, industriales, empresarios. Después acudieron los
competidores de aquéllos. Ciudad intempestiva, proclive de origen al
negocio inmobiliario y las grandes inversiones, a los acuerdos de
poder lícito e ilícito, era idónea para el crecimiento de la
economía subterránea o informal. Acapulco, un ensamble de lujo y
hambre, como la definió un cronista. Las inversiones que sirven
para limpiar la procedencia turbia del dinero, fueron la plataforma
de un negocio que persuadía con la frase “plata o plomo”, y que
después dejó de ser pertinente. En comunidades desiguales, todos
prefieren la plata, pero esta preferencia unánime lleva consigo la
discordia, y se desbordan el plomo y la sangre.
El comedor de El Mirador tiene buena fama. Disponen
de un servicio de bufet por las mañanas, y una carta de platillos
variada que atrae a políticos, empresarios, periodistas. Los
desniveles del terreno en el que está construido el hotel hacen
descender una escalera a una terraza con vista al mar. El tufo del
insecticida y los aromatizantes frutales se confunde con el de los
platillos, huevos y frijoles fritos, salsas, condimentos, tortillas
de maíz, tocino quemado yaguas de papaya y sandía. En las mesas, se
escuchan conversaciones animadas de hombres vestidos con camisas
blancas o azules y mocasines, y mujeres de blusa floreada y faldas
largas o cortas de tela ligera, sandalias o tacones. La música
ambiental los incita a charlar en voz alta. En las orillas, quienes
saben del poder y el dinero que mueve la ciudad, oro en los relojes
o pulseras, hablan en susurros, los gestos cordiales, la parsimonia
mutua.
El Mirador forma parte de lo que denominan allá el
Acapulco tradicional, un barrio de precario urbanismo, a medio
camino entre las obras siempre inconclusas, la pobreza y la
incuria, a la vez colorido y lleno de personas en busca de la
supervivencia. Las calles cuesta arriba y estrechas se saturan de
coches y camiones cuyos conductores se exasperan de sí mismos y
hacen sonar la bocina colérica, o dejan escuchar a todo volumen la
música que escuchan en un contradictorio afán sedante: hip hop a
ritmo de cumbias o vallenatos colombianos, aplicaciones
afroantillanas en plan tecnoelectrónico, baladas gemebundas, bandas
de música regional de Sinaloa que usan la tuba y el falsete del
cantante en contrapunto. Las aceras y el pavimento muestran roturas
entre las que se filtra el agua potable y la del drenaje. En las
accesorias comerciales se expende ropa multicolor importada de China
y otras mercancías de contrabando, bisutería y copias piratas de
películas y discos musicales. Abundan las academias y las escuelas
de comercio o computación en una ciudad en donde la mayor parte de
los pobladores son jóvenes. También proliferan las cantinas, los
centros nocturnos, los prostíbulos ruidosos, el neón rojo y la
cerveza por decena en un cubo repleto de hielo, la luz
estroboscópica que emite sus relámpagos. Bajo su hechizo, la rapidez
se vuelve intermitencia lenta y convierte en narcosis lo sensible.
Si Acapulco se inició como un paraíso cosmopolita para los
extranjeros y los mexicanos que podíamos viajar allá, ahora vive su
reencuentro con la selva al ritmo de la cultura planetaria.
El director de un periódico local me cuenta que
Acapulco dejó de ser el sitio pleno de encanto que fue medio siglo
atrás, cuando viajaban al puerto las estrellas del cine de
Hollywood, Orson Welles, John Huston, Rita Hayworth, Johnny
Weissmuller, Ava Gardner, Frank Sinatra, María Félix, o John y
Jacqueline Kennedy, el petrolero J. Paul Getty. Y Elvis Presley, que
protagonizó allá la película Diversión en Acapulco. El
ascenso de los comunistas en Cuba, la clausura de la isla en tanto
territorio de libertinaje, le dio su auge al puerto mexicano. Se
instalaron las grandes cadenas hoteleras, los restaurantes, centros
nocturnos y fraccionamientos de lujo.
Mientras circulamos por la avenida Costera, me señala
con su brazo los hoteles construidos al borde de la playa, en los
que se observa escasa actividad. “Hay un índice muy alto de
desocupación hotelera”, explica: “la violencia terminó con
Acapulco, el narcotráfico es ahora lo que da vida a la ciudad, ya
que sus inversiones están en todos lados, los narcos son los
dueños”, apostilla, reflexivo. Me comenta que la prostitución se ha
vuelto una fuente primaria de trabajo para los jóvenes más pobres, y
voltea hacia las montañas, en la parte trasera de la bahía, en
donde se asientan los barrios marginales. Le comento que, me han
descrito, en esos barrios hay incluso prostíbulos ambulantes,
camiones en los que se puede disfrutar de bebidas y espectáculos con
bailarinas desnudas que se desplazan en torno de un tubo vertical
mientras suena la música a todo volumen. Bangkok en miniatura en
medio de frenazos, baches, calles abruptas. “Eso no es lo peor...”,
y guarda silencio. Como en otros destinos turísticos del país,
prolifera la depredación sexual de niños, niñas y menores de edad en
cualquier parte. Miles. Las prostitutas, incluso niños y niñas, son
tan baratas como un gramo de cocaína: diez o veinte dólares.
Cuesta abajo en la catedral, cuya plaza está frente
al paseo de la bahía, los santos y las vírgenes bostezan ante la
ausencia de feligreses, las flores lucen marchitas en sus jarrones.
A un lado, niños de pantalón corto y sandalias de plástico regalan
volantes de una pizzeríaa que acaba de abrir sus puertas. Me
encamino de regreso al Mirador y piso a propósito una mancha parda,
ya casi borrada, que me evoca la sangre de un funcionario del
gobierno local asesinado a las puertas del hotel días atrás. Llegaba
a las ocho para desayunar como era su costumbre, y dos hombres le
comenzaron a disparar con armas de calibre nueve milímetros. Fueron
más de diez tiros que alcanzaron cristales y puertas del coche en el
que viajaba. Saltaron astillas de vidrio y metal. La víctima corrió,
herido, para tratar de escapar, farfullaba en busca de auxilio.
Quedó yerto a la entrada del hotel. Regreso sobre mis pasos y trato
de atestiguar la mancha de sangre, la coreografía criminal. Nada
queda de aquello, lo han borrado. La gente muere y todos se
apresuran al olvido. Así es en la costa, me dicen, así es en todos
lados.
Aquel asesinato fue parte de una serie de crímenes
que a la fecha han continuado en Acapulco, y cuyas víctimas son
delincuentes, policías, funcionarios, empresarios, un periodista,
agentes de inteligencia. La guerra de los traficantes de droga llegó
a su clímax aquí cuando aparecieron restos de cuerpos
descuartizados y las decapitaciones. Lo que era secreto, se
convirtió en un alarde de retos explícitos entre los bandos
enfrentados. Se desató una oleada de cadáveres que utilizó como
adorno los mensajes escritos, o bien se multiplicaron los mensajes
corporales sin letra de por medio. Incluso, al asesinar a dos
personas en la Costa Grande, los sicarios advirtieron que la gente
debería evitar el uso de vidrios oscuros en sus coches para evitar
confusiones. Los amos de la noche también se intoxican con ella, y
son incapaces de distinguir ni a sí mismos.
Acapulco, al igual que toda la provincia a la que
pertenece, llamada Guerrero en honor a un héroe independentista que
fue presidente del país, lleva un signo de tierra arisca y violenta.
En la antigüedad precortesiana, se la conocía como Cihuadán, lugar
cercano a las mujeres, en náhuat, y vivieron allá diversas tribus,
entre las que sobresalieron los purépechas, chontales, mixtecos. Y
los yopes, siempre insumisos, y casi exterminados por los españoles
en el siglo dieciséis. Durante la época de la colonia, fue zona de
tránsito para el comercio que venía de China, de las Filipinas,
dominio español. Un territorio montañoso que contrasta sus zonas de
fertilidad en tierra caliente y semidesértica al sur. La ciudad
colonial de Taxco fue importante, y allí nació Juan Ruiz de Alarcón,
escritor de mérito que brilló en el Siglo de Oro español como
fuente de escarnio de sus contemporáneos Francisco de Quevedo, o
Pedro Calderón de la Barca, ya que era contrahecho, jorobado,
pelirrojo, novohispano. En la colonia, se asentaron a su vez
contingentes de esclavos procedentes de África. El puerto de
Acapulco, una aldea durante siglos, sólo comenzó a crecer a mediados
del siglo veinte, al convertirse en centro del primer desarrollo del
turismo a gran escala en el país. Y llegaron los visitantes, el
dinero, la fama, las leyendas.
A lo largo de aquel siglo, el litoral del Pacífico
mexicano y sus comunidades crecieron un tanto ajenos a los
prestigios del progreso en el centro del país. Oaxaca, Guerrero,
Michoacán, las costas de Colima, Jalisco y Nayarit, así como
Sinaloa y Sonora, representan otro modelo de crecimiento y de
cultura, más apegados a su pasado profundo y a la naturaleza, menos
encantados con los prestigios cosmopolitas excepto los que
encarnaban como disfraz para la componenda mercantil. Sus orgullos
regionales permanecen casi incólumes al paso de los años. Y los
oriundos de cada provincia asumen su raigambre como emblema de una
nacionalidad circunscrita a su alrededor, y un tanto reticente a
las adopciones de lo que viene de fuera. Viven de tradiciones
comunitarias apenas transformadas por los avances de la técnica y
las comunicaciones. El ejercicio de la violencia, respaldo último
del sentido de oriundez allá, ha sido un asunto compartido entre
el poder central, el poder regional y, ligado a ambos, el poder
antiinstitucional, sea el de la guerrilla de izquierda o el del
crimen organizado. Entre los guerrilleros, los que no fueron
asesinados a balazos, fueron torturados hasta la muerte, y a veces
arrojados desde lo alto de un avión frente a las costas, o sobre una
laguna. O sus cadáveres cayeron en barrancas, fosas o pozos para
desaparecerlos, allá en donde nadie oye ni nadie sabe nada.
En aquel litoral del Pacífico, cuatro décadas atrás,
el Estado abrió un frente de guerra de baja intensidad contra dos
enemigos: los guerrilleros en busca de una revolución que impusiera
un régimen comunista en el país y los sembradores de mariguana en
Guerrero. Los militares que dirigieron ambas operaciones
terminarían implicados en el tráfico de drogas. En los territorios
del litoral y hacia tierra adentro, en las altas montañas se han
sembrado grandes extensiones de mariguana y de amapola. La
explotación de la goma de opio, derivada de la amapola, ha proveído
tanto a la industria farmacéutica como a la narcosis de los adictos
en Estados Unidos desde la primera mitad del siglo pasado.
Cuando era niño, la amapola se cultivaba en algunos jardines
domésticos como planta de ornato. Recuerdo a mi abuela materna
cuidar, en su casa en Tlaltenango, sus flores de amapola que crecían
en un jardín salvaje aliado de una finca en medio de árboles
frutales, los guayabos, los chicozapotes, los naranjos y las
granadas. Tlaltenango, en las inmediaciones de Cuernavaca, es una
más de las múltiples poblaciones que bordean la carretera del
centro hacia Acapulco. Allí llegó Hernán Cortés poco después de
conquistar Tenochtitlan. En Tlaltenango se asentó el primer molino
de caña de azúcar de América. A un lado de éste, del que permanecían
los restos en forma de un arco y otros vestigios, se hallaba la casa
propiedad de mi abuela, una construcción sencilla de una planta con
una terraza interior que antecedía al jardín húmedo y cálido en
declive hacia una pequeña barranca. Lo que fueron caballerizas de la
casa, contaba mi abuela, estaban construidas sobre las ruinas de
aquel trapiche inaugural. Eran los pasos de Cortés en aquella
tierra. El tictac de un esbelto reloj pendular de madera resonaba
en los altos muros y techos de la casa, de pocos muebles, y vigilaba
la silenciosa vida de mi abuela, mestiza de breve estatura y piel
tierna, morena clara, el cabello entrecano en trenzas antiguas. El
viaje a Acapulco de la familia solía detenerse en Tlaltenango. Los
trayectos de la infancia tienden a reproducirse siempre. La
sensación alterna de curiosidad, angustia, placer, temor, estrépito
me acompañan ahora cada vez que viajo al litoral del Pacífico. Una
tarde en Tlaltenango, mi hermano me mostró la fecha que se leía en
las ruinas del arco: una cifra formada con piedra porosa, tezonte,
del color de la sangre coagulada, en caracteres romanos: mil
quinientos veintisiete. Es la cifra que recuerdo. Me tomó de la
mano y subimos, por una escalera de madera que apoyó en el muro
lateral, a la parte superior del arco. Caminamos encima y a lo largo
de aquella construcción entre cuyas grietas crecía la hierba. A
pesar de que sólo estaba a doce o quince metros de altura, fue la
primera
vez que
registré una dolencia que me acompaña hasta hoy: la llaman vértigo
de altura. Acrofobia: un llamado del vacío, un nudo hecho de pánico
y fascinación alternas frente al abismo.
Mi abuela, Andrea Rodríguez Villalpando, era
benefactora de la capilla de Tlaltenango, cuya antigüedad también
se remontaba a la conquista. Y nos permitía entrar y subir a la
azotea, en la que se ordenaban las almenas y una pequeña torre
campanario, propias de las primeras construcciones cortesianas en el
nuevo continente. La vista se perdía en las montañas y la
accidentada orografía plena de verdor. La capilla fue construida
como un oratorio familiar. En el entrepiso para el coro, había un
pequeño órgano de fuelle ya en desuso al que acompañaba la
somnolencia del polvo y alguna telaraña. Las paredes de la capilla
carecían de adornos, y sólo un Cristo presidía el altar. Olía a
incienso y a maleza. Mi abuelo cultivaba flores, legumbres, frutas
en sus huertos, que llevaban a la capital a vender de cuando en
cuando. En los años de la lucha armada de los indígenas contra el
gobierno, a principios del novecientos, mi abuelo fue sujeto a la
leva de los insurrectos encabezados por Emiliano Zapata, quienes le
robaron el dinero que guardaba en latas bajo la cama; decenas de
monedas de oro y plata. Una hermana de mi madre, la mayor, de cinco
años, murió de susto por presenciar la violencia de la soldadesca.
La tía que nunca tuve. Una fotografía en tonos sepias registra a
los cuatro antes del desastre. Leónidas, se llamaba la niña que
murió. Llevaba el mismo nombre que dos héroes decapitados: uno
espartano, el otro cristiano. Al ser tomada la imagen, ella se
ensimisma y roza un encaje de su vestido blanco, hurta para siempre
su mirada al mundo de los vivos. Ignoro cuánto tiempo mi abuelo fue
obligado a estar en la leva de aquel ejército precario. Ni mi abuela
ni él hablaban de aquellos años, de los que sólo quedaban ecos
dispersos en alguna plática. Ella solía evocar el tiempo más remoto,
su infancia, o sus visitas a la capital, la figura en un desfile
del presidente de la República, vencedor del ejército francés. Su
mente elegía rememorar el orden, lo apacible, evitaba al menos
frente a los niños hablar de hechos de sangre, o de abusos. Refería
leyendas de aparecidos que cabalgaban por las calles empedradas en
busca de venganza después de la medianoche. Con mi madre al lado
lloraba, pañuelo en mano, y conversaba en susurros. Su llanto me
intrigó siempre, desconozco por qué lloraba. Sólo resuena en mis
oídos la sospecha de un dolor hondo, telúrico, salvaje. Cada vez que
oigo llorar a una mujer, oigo llorar a mi abuela. El lamento por una
pérdida o agravio que antecede la voz de quien llora. La mano
derecha de mi abuelo carecía de una parte del dedo anular. En
corrillo, los niños confiábamos entre nosotros la causa revelada
por algún adulto: era una herida de la guerra civil. Un tiro de
bala le había cortado el dedo. Pasarían muchos años antes de que
supiera otra historia: los insurrectos que lo levaron tenían la
costumbre de mutilar un dedo de la mano a quienes se resistían.
Al morir mi abuela dejamos de visitar su casa. Lo que
había sido una aldea en el camino a Cuernavaca y la ruta hacia el
Pacífico, se convirtió en un barrio populoso de esa ciudad. La casa
fue tomada por intrusos familiares. A veces he vuelto allá para
visitar amistades. Jamás he regresado a Tlaltenango.
Años atrás, una amiga que vivía en Cuernavaca casó
con un médico, muy cercano al gobernador de entonces. El hijo de
éste se divertía con sus amigos y seducía a jóvenes que acudían a
sus festejos, en los que, al decir de algunos, se consumían alcohol,
mariguana, cocaína hasta el exceso. Una noche, aquel sujeto se
encerró con una muchacha en un cuarto de baño. Ella apareció muerta.
El médico de confianza del gobernador fue llamado de urgencia para
que atestiguara los hechos. El esposo de mi amiga. La familia de la
víctima denunció la maquinación de una mentira con el fin de evitar
el encarcelamiento del violador y asesino. La policía pudo encubrir
el delito y las autoridades ministeriales obstruyeron la justicia.
La familia del gobernador era intocable. La ciudad acogía a los
mayores traficantes de droga del país, uno de los cuales tenía su
mansión al lado de la del gobernador. Con la llegada de tales
criminales se generalizó el consumo de cocaína y mariguana, los
negocios turbios y otras industrias ilícitas, el secuestro, la
extorsión, las corruptelas. El médico aquel fue asesinado días
después por un sicario que le disparó un balazo mientras aguardaba,
en su coche, a alguien que lo había citado. A todas luces fue una
celada para deshacerse de un testigo comprometedor, y la policía
maquinó también el motivo del crimen: una borrosa afrenta que
difamaba al médico. Nunca se detuvo al asesino. En la ciudad
florecieron como nunca antes los conciertos de música, las artes
escénicas, las conferencias literarias. El antiguo gobernador y su
hijo, a la fecha, se dejan ver sonrientes en los restaurantes de la
capital. A veces, el ahora ex gobernador escribe artículos de prensa
en los que elogia la importancia del respeto a la ley.
La carretera de la capital hacia el Pacífico ha sido
favorita de los militares, policías y delincuentes para dejar a su
orilla los cuerpos de sus víctimas, ya sea enterrados o a cielo
abierto, en donde los perros y las aves de rapiña los desaparecen. O
bien han metido cadáveres en tambores de lámina rellenos de cemento.
Décadas atrás, una docena de opositores políticos fueron asesinados
allá. A la fecha, se pueden ver las cruces de hierro que resguardan
su memoria. El camino hacia el Pacífico ha sido una senda
presagiosa.
En
los últimos veinte años en México, el uso de los cuerpos como
mensajes se incrementó conforme las actividades de los traficantes
de droga se volvieron públicas. Antes su tarea era silenciosa y
oscura. El tráfico de drogas hizo que la violencia construyera usos
e incluso ritos con la sangre de las víctimas. Mujeres a las que se
llegaba a mutilar en vida un pezón a mordidas o se les cortaba un
trozo triangular de piel. Cadáveres que eran arrojados a una fosa y
rociados con una mezcla de cal y ácidos para que aceleraran su
desaparición. Víctimas asesinadas con tiro de bala en la frente, en
la oreja o en la boca para indicar, en
cada
caso, una advertencia a traidores, entrometidos y
delatores. En fechas recientes, les inscriben a las víctimas en la
frente una letra Z como firma de un grupo delincuencial, abren la
tráquea para jalarles la lengua por el corte, le llaman corbata
colombiana; descuartizan los cuerpos y arrojan los restos en un
recipiente en el que ponen petróleo y le prenden fuego hasta que se
quema todo, le nombran horno. Otras veces, vierten en una pipa
cocaína y cenizas de una víctima. A este rito se lo conoce como
fumarse al muerto. O dejan cartulinas con mensajes al lado de las
cabezas de los decapitados. Asimismo, circulan amenazas en internet
en las que las bandas de criminales se desafían, mofan o alardean de
su virilidad. Actualizan a la usanza de los tiempos los antiguos
corridos o canciones noticiosas. O usan la red para difundir
grabaciones en video de asesinatos y furor decapitador. El pánico
expansivo.
Me acerco al coche de Pedro en la Ciudad de México.
No lo conozco. Un amigo me ha dicho que pregunte por él. No todas
las noches llega a esta calle adyacente a una avenida céntrica.
Cerca hay un cuartel, y de cuando en cuando las luces de las
patrullas emiten al pasar sus intermitencias rojas y azules. Por la
noche impera aquí la prostitución de travestís. Tengo suerte: me
señalan que Pedro está al lado de un coche grande, ruinoso. Y se
recarga contra la portezuela semiabierta. Viste ropas
deportivas y apesta a alcohol, los cabellos despeinados y escasos.
Lo saludo en voz alta, me responde con un gesto indagatorio. Le digo
que un amigo me comentó que quizás podría ayudarme. “ ¿Qué
necesitas?”, pregunta. Le digo que me gustaría ver alguna pistola.
“ ¿Revólver o escuadra?” Le digo lo primero que se me ocurre: una
escuadra. Pensaba en las que tenía mi padre. “ ¿Cuánto traes?” Le
respondo que el equivalente a unos cuatrocientos dólares. “
¿Dólares, serás muy gringo o qué?” No sé qué decirle. Al verme sin
habla, mueve la cabeza y camina hacia la cajuela del coche, saca las
llaves y la abre: lleva todo un arsenal. Mueve unas cajas de balas
calibre treinta y ocho por lo que leo en el rótulo, y saca una
escuadra: “Es pavonada, calibre 22, agárrala”, me ordena, “de éstas
no tienen en Tepito”, se refiere al barrio de la mercancía ilegal.
“¿Qué marca es?”, le pregunto. No me responde. Tomo el arma: pesa
menos de lo que imaginé. Todavía recuerdo que mi padre quiso
enseñarme a tirar con su pistola cuando yo era niño: me negué. Al
verme dudar, Pedro sospecha que en realidad no he ido a comprar sino
a curiosear. Me quita la pistola de la mano, la pone dentro de la
cajuela y cierra ésta. Concluye: “Cuando estés seguro, date una
vuelta.” Yo, que sólo quise confirmar lo que mi amigo me contó sobre
el tráfico de armas en las calles, me retiro sin acertar una
despedida. Enfrente, un trío de travestís se burla de mí: “¡Acá
también tenemos armamento!”, gritan y ríen, juegan a levantarse la
falda.
En los últimos tiempos, las autoridades mexicanas
decomisaron dieciocho mil armas a delincuentes. En el país circulan
quince millones de armas. La mayor parte proviene de Estados Unidos
y más de la mitad es ilegal. La venta permitida llega al millón y
medio de revólveres para uso civil de calibre menor bajo control
militar, mientras se trafica en forma clandestina con enormes
cantidades de rifles de asalto AR15 (M-16), AK47 e incluso el
subfusil P90, capaz de disparar novecientas balas por minuto que
atraviesan capas de blindaje grueso. O metralletas Uzi,
lanzagranadas, escopetas, municiones, etcétera. A lo largo de la
frontera entre México y Estados Unidos hay doce mil puntos de
entrada y venta de armamento ilegal, que se ha vuelto la juguetería
del crimen organizado. El traspatio de la mayor industria
armamentista del mundo. “Un soldado en cada hijo te dio...”, reza el
himno patrio.
En
la primavera de dos mil seis, se hallaron en la orilla de un
barandal en una garita céntrica de Acapulco las cabezas mutiladas
de los policías Mario Núñez y Alberto Ibarra. Semanas antes, habían
participado en un zafarrancho entre la policía y unos traficantes
de droga, en el que murieron dos personas y cerca de veinte quedaron
heridas. Entre los muertos hubo un jefe criminal. Al lado de las
cabezas, los sicarios dejaron un cartel pegado con cinta plástica
en un muro, y escrita a mano esta advertencia: “Para que aprendan a
respetar.” Desde años atrás dos grupos delincuenciales han
permanecido en este puerto, los del Cártel de Juárez, cuyos miembros
desafectos serían identificados más tarde por las autoridades como
Cártel de Sinaloa o del Pacífico, y los del Golfo. La pugna en
todo el país entre ambos grupos y sus respectivos sicarios,
llamados unos Los Pelones o Chapos sinaloenses y otros Los Zetas del
Golfo, desertores de escuadrones de élite del ejército mexicano, se
hizo pública. En aquellas fechas circuló en internet el
interrogatorio y decapitación de un sujeto, al que se identificaba
como miembro de Los Zetas, que confiesa haber
participado en un ataque a una oficina ministerial en el que murió
media docena de personas. Bajo el título de “Haz patria, mata a un
Zeta”, las imágenes grabadas muestran a la víctima sentado en una
silla, vestido con una trusa negra mientras es interrogado por dos
sicarios de quienes sólo se ven las manos envueltas en guantes
quirúrgicos. La mímica feroz. Se escucha a la víctima aceptar en
voz baja, titubeante, su participación en dicho ataque, y detallar
que recibió órdenes del jefe del grupo delincuencia!. En la frente
de la víctima se ve pintada una letra Z, y en el dorso, aparte de
otra Z, se aprecia: “Bienvenidos mata mujeres y niños, sigues
Ostión.” En una pierna se lee: “Z14” y “Lazcano Humer”, que alude a
un jefe de Los Zetas, Heriberto Lazcano, y a otro cuyo código de
guerra era Z-14, que sería asesinado después. “El Hummer” es un
lugarteniente de Los Zetas llamado Jaime González Durán, ya preso.
En un momento, los sicarios le colocan a la víctima en el cuello un
alambre amarrado a un tubo de metal y lo usan como torniquete hasta
decapitatarla. En las imágenes, que cancelan el instante en el que
la cabeza cae, se observa enseguida el cuerpo ya mutilado y la
cabeza aparte, sola, perenne en un registro que da la vuelta al
mundo.
Al referirse al funcionamiento de la guillotina como
método para decapitar, Patrick Wald Lasowski escribió que el
anonimato del aparato, la inmovilidad de la víctima, el efecto de
rapidez y el carácter instantáneo de lo que produce anticipa y
dirige el invento de la cámara fotográfica. La cabeza cae en el
cesto al igual que el fotógrafo dice: “Ya tengo la fotografía.” Un
instante inasible que sólo atestigua la cabeza mutilada en la mano
alzada del verdugo, o la fotografía en las del fotógrafo. La
inmanencia pura que sólo responde a sí misma.
En el caso de las grabaciones contemporáneas, las
imágenes se vierten en la infinitud del flujo audiovisual. La
cámara de video se quiere también anónima, pero se vuelve colectiva
cuando introduce sus imágenes en la red. La víctima se muestra
convulsa, carne cautiva sujeta a instintos, rechazos y reflejos
mecánicos antes de que entre en acción un sable o un torniquete.
Se construye una serie de actos lentos o sujetos a pausas, rituales
ajenos al desahogo o catarsis del espectador ante lo efímero. Una
prolongación indefinida en el tiempo y su alrededor de voces. El
filme por excelencia es el de horror, precisó Julia Kristeva. Un
vértigo que se adhiere al espectador, lo atrae y lo diluye. La
trascendencia impura que sólo responde a algo que está más allá.
En náhuat, la palabra que significa “cortar la
cabeza a alguien” quiere decir también “recoger una espiga con la
mano”: quechcotona. Así, la historia mexicana tiene tres
iconos vinculados con la decapitación: los tzomplantli o
empalizadas aztecas que sostenían cráneos de víctimas sacrificadas a
los dioses con cuchillos de obsidiana; la cabeza mutilada del
clérigo Miguel Hidalgo y Costilla que proclama la guerra
independentista a principios del ochocientos y fue puesta dentro
de una jaula de hierro por la tropa española para escarmiento de los
rebeldes; el bandido revolucionario Francisco Villa del siglo
pasado, de quien violaron su tumba y cortaron la cabeza pocos años
después de muerto. Nadie ha demostrado dónde quedó ésta. Se rumora
que el cráneo forma parte de una colección de la secta universitaria
Skull and Bones en Estados Unidos. O continúa enterrada en una
montaña mexicana. En todo caso, su recuerdo flota y transcurre de
aquí hacia allá en la imaginación de muchos.
El
fotógrafo Joel-Peter Witkin, que se ha propuesto explorar el
equilibrio entre la belleza y lo obsceno, viajó a la Ciudad de
México en mil novecientos noventa para tomar una serie de
fotografías de cadáveres en las oficinas forenses. Adepto de las
imágenes construidas en las que el cuerpo desnudo de hombres y
mujeres se ve registrar torturas, tatuajes, amarres, cicatrices, o
aparece deforme, monstruoso, transexual, cosido por hilos de
autopsia, descoyuntado, rodeado de objetos o paisajes que construyen
adornos inversos. Una alegoría en honor de la carne, suspenso previo
a su desaparición, un vislumbre a lo que la cultura y la mirada
artística de lo atroz han llegado a ofrecer en torno de la identidad
humana, el artista quería emplear como tema fotográfico los
cadáveres que se recogen en la vía pública, o de personas que
mueren en el anonimato y terminan en la morgue antes de ser
conducidas a la fosa común. Descubrió que los empleados realizan su
tarea al desgaire y avientan los cuerpos boca abajo en una
camioneta. Y hacen lo mismo al conducirlos al depósito, lo que
ocasiona que les fracturen la nariz o sufran golpes en la cara. Ese
maltrato le impedía consumar bien su tarea. Decepcionado, a punto
de abandonar la ciudad, recibe un telefonema que le anuncia la
llegada de cuatro cuerpos. Estos cuerpos le devuelven la inspiración
y emprende su serie fotográfica. Quien atestiguó la meticulosa
puesta en operación de sus fotografías, menciona la pulcra exactitud
de los movimientos del artista, que se conducía no sólo como un
experto en el saber lumínico, sino que se desempeñaba como un
director teatral que estaba al cuidado de
cada uno de
los gestos que su actor, el cadáver en turno, debía representar. Su
actitud ante los cuerpos tenía la impavidez de un cirujano. Al
hallar una cabeza entre los restos, decidió crear una obra maestra:
“Cabeza de hombre muerto.”La fotografía, gelatina de plata sobre
papel, de veintisiete centímetros de alto por treinta y tres de
ancho, muestra la cabeza en perfil de un hombre mestizo, al parecer
víctima de la violencia policiaca. Podría ser la de cualquier otro
decapitado, pues al perder su cuerpo todos los decapitados tienden
a la semejanza. Su
cabeza
es un objeto orgánico en estado absoluto. Esta
conversión en una cosa de lo que fue una persona, es lo que le da un
sello que refleja lo que antes se juzgaba imposible de ser
representado o fuera de la imagen: la atrocidad extrema. Como muchos
otros, el decapitado de Joel-Peter Witkin, que se apropia de la
personalidad de su objeto y lo convierte en “otra cosa”, en la
huella de la crueldad embellecida, tiene los párpados cerrados y
plácidos, el cabello negro y brillante en partes, la boca
entreabierta. De sus comisuras surgen hilillos de sangre coagulada.
La cabeza está depositada en un plato de lámina blanca, que a su vez
está encima de un trozo de papel sobre una mesa. El fotógrafo debió
tener en la mente el mito de Salomé que recibe la cabeza de San Juan
Bautista en bandeja de plata; o la imagen homónima de Oscar Gustave
Rejlander del siglo diecinueve. Arriba, el artista añadió manchas y
raspados en la superficie del negativo. Quien atestiguó y refiere la
escena, recuerda la parsimonia del fotógrafo cuando colocó la
cabeza en el plato. El movimiento duró un instante, que el artista
quiso prolongar hacia la eternidad. Una conjetura sobre la quietud
y la anterioridad de toda potencia expresiva. Al deslizar Joel-Peter
Witkin el plato y acomodar la cabeza, algo sisea. ¿O es un tintineo
siniestro? Consuma una segunda decapitación que se ha multiplicado
desde entonces en cada mirada.
La
cabeza del traficante de drogas que se vio en internet parodia sin
querer otra imagen de Joel-Peter Witkin: la fotografía de un hombre
sin cabeza que está sentado en una silla, robusto, las piernas
abiertas, los calcetines negros en los pies. El fotógrafo le ha
colocado los brazos en los muslos a la víctima modelo, y a alguien
que vea la imagen desde un punto de vista oblicuo puede parecerle
que una de sus manos, tumefacta, está manchada de sangre, quizás
para sugerir un dato de ironía imposible: se habría degollado solo.
De hecho, esa imagen trasciende su propia resonancia y se ubica en
el territorio de los objetos que rezuman horror, ya sean los
cuchillos y las armas de fuego delincuenciales, los aparatos de
tortura de la antigüedad, las máquinas de ajusticiamiento, la
guillotina. Y la silla eléctrica, la cámara de gas. O los coches y
los aviones accidentados en los que han muerto personas. El terreno
baldío, traspatio,
caja
negra, pozo o paraje del horror que encubre lo
inmediato. Allí están también las páginas de un periódico de
Acapulco que reproducen el hallazgo de las dos cabezas: la
elegancia de los cadáveres, que diría Joel-Peter Witkin: la
podredumbre muestra una fugacidad mensajera de lo invisible, lo
inferior que se conecta con algo superior.
En las calles retorcidas del viejo Acapulco, opuesto
al nuevo Acapulco de la franja de hoteles, centros comerciales,
bares, restaurantes de la moda global, entre ellos, el Planet
Hollywood, se anima la vida puertas adentro. El ruido musical y las
luces multicolores emiten sus alcances a los muros cercanos. Hombres
en grupo caminan en busca de diversiones, y miran de soslayo,
curiosos y desconfiados. Alguno se acerca a mí y me pide fuego para
encender un cigarrillo. Me disculpo, le respondo una negativa.
Carezco de encendedor. Me pregunta de dónde vengo, le respondo que
de la capital. Quiere simpatizar, me dice que estuvo allá tiempo
atrás. Me ofrece llevarme a un lugar en el que hay muchachas. “Muy
bonitas”, agrega para persuadirme. Le respondo que estoy bien, le
agradezco su oferta. Reanudo mi caminata hacia el Hotel El Mirador.
A los pocos metros, ambos volteamos a vernos un instante,
inquisitivos. La sospecha mutua nos une y nos separa. Huele a
lluvia. Llego a la plazoleta en la que muchachos y muchachas se
reúnen por las noches para fumar, beber cerveza o licor en vasos de
plástico. Alrededor hay vendedores de comida y golosinas. Los
edificios circundantes, construidos medio siglo atrás, lucen vacíos,
o sus ventanas están a oscuras. En la avenida cercana brillan los
anuncios espectaculares o carteles que publicitan ropa de marcas
famosas, o la película de la temporada. Cuerpos y rostros bellos
que esplenden su imposibilidad tangible. El mar hace llegar su rumor
lejano. A esta hora, resalta más la incuria y el ambiente de urbe
en construcción permanente, una obra negra de gran magnitud que une
los tendederos de ropa recién lavada, las varillas, las columnas
inconclusas, los tinacos y las rejas en un ambiente de barrio
inconexo entre la luz y la sombra. Como los que están en todas
partes del mundo. Pulsa en la tierra y se eleva la amenaza de una
catástrofe siempre inminente. El aire de chabola, favela,
periferia, banlieues, zoco, slum. El traspatio del
terrorismo, la droga, el crimen, la violencia, la pobreza
ilimitadas que representan lo contrario del triunfalismo de la
cultura actual. Comienza a lloviznar, por algún motivo las gotas de
lluvia calan mi cabeza, siento que fueran espinas que se cuelan
entre mis cabellos. Corro a refugiarme. La gente hace lo propio en
las pequeñas tiendas que venden al menudeo golosinas, pan, leche,
bebidas embotelladas, cerveza. O se detienen bajo la entrada del
hotel. Allí una muchacha conversa con una amiga. Le cuenta que
trabaja de camarera en un restaurante de la playa junto a un hotel.
El jefe la reprende porque interrumpe su trabajo de servir mesas
con un vestido folclórico y se detiene a observar, a través de un
ventanal, a los niños y turistas que gozan en la alberca o la playa.
“Vivo tan lejos”, dice, “que desde allá no alcanzo a mirar el mar.”
La migración a escala de todos los días.
Asciendo una escalera hacia mi cuarto. El mar agita mis recuerdos.
En la época en que Joel-Peter Witkin hizo sus fotografías en la
morgue, unos guardias del estado mayor hicieron un hallazgo en los
alrededores de la casa del presidente de la República. Era una caja
de cartón en la que se había depositado un cerebro humano, y al que
le habían clavado una serie de alfileres en distintas partes. El
episodio causó alarma en el interior del círculo de poder. Por
tratarse de aquel perímetro, las autoridades de la ciudad fueron
marginadas de la pesquisa, que derivó a una oficina de asesores de
la presidencia. El testigo que refiere los hechos elaboró un
reporte al respecto que subrayaba el carácter sacrificial del
maleficio: concluyó la influencia satanista y algunos elementos de
un ritual vudú. El daño quería recaer en la
cabeza
presidencial. Maldición o no de por medio, al poco
tiempo el hermano del presidente se vio preso e inmerso en un
escándalo público que resuena hasta la fecha en tribunales en Suiza
y se ha inscrito en una trama compleja de pugnas políticas y
acusaciones de asesinato, tráfico de estupefacientes, brujería,
corrupción.
En el cuarto de hotel vuelvo a observar las fotografías familiares.
Y me entrego al oficio inevitable de hacer restas: mi madre murió un
año después de aquel viaje. Mi padre llegó a cumplir los noventa y
un años antes de morir en el dos mil. Un lustro atrás había
fallecido con meses de diferencia y por diversos padecimientos una
hermana y mi hermano mayor. En las fotografías el cielo, las playas,
las avenidas lucen limpios, espaciosos, los solares baldíos, y
Acapulco tiene un aura de promesa, de ingenuidad, de aldea que sale
de un sopor antiguo en el que persiste alguna amenaza detrás de la
espuma que se estrella contra las rocas o lame las playas y la arena
tersa. Aquella vez, mientras mi hermana nadaba en la bahía, se
acercó a descansar a unas rocas próximas. Fue una imprudencia: al
apoyar sus pies allí se encontró con las espinas de los erizos, que
le cubrieron de heridas las plantas de los pies. Recuerdo su llanto
y el dolor que la hacía gemir cuando debieron sacarla a cuestas del
mar. Aún llevaba alguna aguja negra incrustada en la piel, la
llevaría siempre. Aquella hermana y mi hermano, ya adultos, viajaron
a otro puerto del Pacífico. Ella nadaba cuando fue víctima de una
corriente del mar que la arrojó a un torbellino. Asustada, gritó en
busca de auxilio. Mi hermano acudió en su ayuda, estuvieron a punto
de morir ahogados los dos. Un aviso de lo que vendría en breve: la
muerte compartida. Me dispongo a dormir, y demoro en conciliar el
sueño. Hace calor y la humedad me sofoca a pesar del ventilador.
Abro y cierro los ojos. Me asomo al balcón y contemplo el mar, sólo
se oye el oleaje contra las rocas. Bajo al mostrador de la entrada y
noto que, de pronto, el hotel, la calle, la playa, la ciudad parecen
abandonados. Las luces están apagadas aquí y afuera. Quizás hubo un
cortocircuito en la energía eléctrica. Nadie hay a la vista ni
nadie me responde. El silencio me lleva de regreso a mi cuarto, me
intimida un mar cubierto por un resplandor lejano en el horizonte,
que un manto grueso de nubes refleja, espectral, ultraterreno. Dejo
el balcón. Tomo una carta que está encima de la cómoda e intento
abrirla con un cuchillo: sólo consigo cortarme un dedo sin poder
abrir la carta, gimo, el aire me falta, grito. Me despierto,
asustado por lo punzante de la cortadura en el sueño. Sangra mi dedo
lastimado horas atrás y deja pequeñas manchas en las sábanas. Me
levanto, extiendo el brazo. Tras las cortinas se filtra la luz gris
de un día nublado.
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