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Sergio González Rodríguez

El hombre sin cabeza


 

Sergio González Rodríguez (1950), estudió Letras Modernas en la UNAM (México).

Ensayista, narrador y crítico, en 1992 quedó finalista ex aequo del Premio Anagrama de Ensayo con El Centauro en el paisaje. En 2002 publicó Huesos en el desierto en esta colección, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Lite­rario Lettre Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano (Adelphi) y al francés (Passage du Nord-Ouest). Es miembro del Sistema Na­cional de Creadores de Arte.

 

Bahía lejana

En un instante las palabras quedan en suspenso. Se olvidan de sí, de ser expresadas. En la punta de los labios trémulos hay un dejo de piedad y de azoro. También flota, y se impone, la sensación visceral de ser devastado por un acto injusto y, de pronto, un pas­mo que se traga, voraz, el orden racional. Una ligere­za lleva no sólo a la mirada, sino a toda la conciencia de la que se es capaz, a una última cita con una fisura que succiona y engrandece lo último del ser orgánico. Un vuelo final de entrega a la inmensidad luminosa, en plenitud. Alrededor, en un atisbo rezagado, lo co­nocido, la suma del sentir y el percibir, lo más abstru­so y lo más claro se desplazan lentos, aunque sea un trayecto vertiginoso e intenso hacia la nada en una fuga sin fin. Tal es, cuentan los que la han vivido y vuelto al mundo de lo tangible, la experiencia de la muerte. Han sentido el porvenir de todos nosotros. La amnesia que ignoramos. Y también debe ser el trance de los decapitados. Atrás quedan las manos ata­das y el cuello rígido, o en una silla, o de hinojos ante el cadalso. Un ruido que sisea muestra su voluntad de eternidad, y los párpados se entrecierran en un im­pulso extático. El cuerpo desaparece, convulsivo, in­crédulo, mudo. Víctima de una sustracción elemental, el dolor brota tan intenso que escapa a su entendi­miento. Todo se oscurece: el sol, los colores cotidia­nos, los recuerdos, los afectos, lo que fue motivo de apego, o delirio, o indiferencia, la discordia y el inter­valo que llamamos dicha. Una extrañeza que desco­noce el propio rostro, o las manos y su temblor, el sa­bor del aire. El mundo es un giro puesto al revés. El puro estar en suspenso. Y luego, la noche.

Pienso en aquello mientras contemplo el mar. E imagino la interioridad de la decapitación como un teatro secreto, en el que confluyen los testimonios de quienes han observado decapitaciones y las palabras de quienes han estado en el umbral de la muerte y han sobrevivido. Como, durante breve tiempo, mi herma­no mayor. Su corazón guardaba un defecto de naci­miento y, al paso de los años, se agravó al calcificarse una arteria. Una mañana, mientras se sometía a una prueba clínica, un ejercicio de esfuerzo, cayó al suelo, incapaz de resistir. Fue reanimado y, cuando despertó, su mirada había cambiado. Y era él, pero ya no era él, a quien conocimos. No sólo tenía los ojos melancóli­cos y perplejos: llevaba en ellos una hondura extraña, de bondad pétrea, de viajero antiguo proveniente de un ultramar monstruoso. La intención puesta en algo que a otros se nos escapaba. Se le volvió un tema re­currente, casi un gesto obsesivo, hablar de la luz que contempló. Deambulaba en su vida de retiro inmerso en la nostalgia de aquella luminosidad. ¿Con quién parecía dialogar en silencio? Oscilaba en una encruci­jada difícil, y los mismos platillos y el vino que antes disfrutaba le sabían distintos. Comenzó a hablar de sí en tiempo pretérito. Se despedía poco a poco de no­sotros. Debieron realizarle una operación quirúrgica para restaurar su salud. Sobrevivió mal. Su despedida se alargó, estupefacto frente a lo que acontecía, pues­to en vilo entre aquel resplandor y su vida, ya cance­lada. Un mero inventario para otros en el que ejercía de mayordomo discreto. El relato de su encuentro con la luz final me ha rondado a últimas fechas. Pasaron ya más de diez años desde que mi hermano murió. Sólo en sueños hablamos.

El mar adviene y escucho el golpe tenaz de las olas contra los riscos. Distingo la voz de algún niño que parece resonar en mis pensamientos. Mucho tiempo atrás visitamos este hotel con nuestros padres. El Mi­rador, se llama, y se encuentra en la bahía de Acapul­co. Abajo, muy cerca, se observan unas rocas altas del litoral hacia la costa grande denominadas La Quebra­da. Cuando el puerto de Acapulco inició su destino turístico medio siglo atrás, comenzó también un es­pectáculo modesto, pero riesgoso, de clavadistas mo­renos de tanto sol, la piel brillante por el aceite de coco. Se arrojaban en una caída libre de cuarenta me­tros desde aquel peñasco hasta el mar afilado de olas en rebato perpetuo. El estruendo alegre del cuerpo al entrar en el agua me llega ahora. Los turistas aplau­dían el lance y los ayudantes del clavadista en turno recogían las monedas de regalo. Recuerdo el aroma del mar, la exultación en el aire, sal en el olfato, pescados que boqueaban sobre la arena fina y guisos picantes. El calor en las plantas de mis pies, el rastro de las hormi­gas y el ardor inmediato en la piel. Barcas viejas en muelles ruinosos. Y redes en sopor sobre la madera en­negrecida de tiempo. La gente amable, su habla que tornaba asperezas en melodías, la tentación de las olas. El grito agudo que ahora recupero. Un mundo de es­puma y de risas, de festejo y de fatiga al final del día. El manto familiar y la leche tibia en los bungalows o pequeñas casas blancas y azules que las familias renta­ban durante días. Un amanecer se esclarecía allá.

El Mirador luce muy distinto ahora. En las inme­diaciones de La Quebrada la violencia se ha instalado. Extraigo de una maleta unas fotografías que llevo con­migo. Al hacerlo me lastimo un dedo por torpeza con­tra un filo de metal. Estamos mis padres y mis her­manos sentados en esa veranda que vuelve a unirse con mis recuerdos: ahora el hotel ha crecido hacia un lado en donde múltiples cuartos se han construido. La oficina principal muestra todavía los relojes con la hora de Nueva York, Londres, Buenos Aires. El resa­bio de una aspiración mundana ya perdida: desde tiempo atrás, Acapulco ha dejado de ser un destino fa­vorito de los extranjeros para convertirse en un puer­to al que vienen a disfrutar los viajeros de otros luga­res del país. De Michoacán, de Jalisco, de Colima, de Nayarit, de Sinaloa, o de otras partes en las que el co­mercio, el trasiego, los negocios del tráfico de estupe­facientes han mejorado la economía.

Primero llegaron los grandes jefes, y se instalaron por temporadas en los lugares que antes fueron exclu­sivos de banqueros, industriales, empresarios. Des­pués acudieron los competidores de aquéllos. Ciudad intempestiva, proclive de origen al negocio inmobilia­rio y las grandes inversiones, a los acuerdos de poder lícito e ilícito, era idónea para el crecimiento de la economía subterránea o informal. Acapulco, un en­samble de lujo y hambre, como la definió un cronis­ta. Las inversiones que sirven para limpiar la proce­dencia turbia del dinero, fueron la plataforma de un negocio que persuadía con la frase “plata o plomo”, y que después dejó de ser pertinente. En comunidades desiguales, todos prefieren la plata, pero esta preferen­cia unánime lleva consigo la discordia, y se desbordan el plomo y la sangre.

El comedor de El Mirador tiene buena fama. Dis­ponen de un servicio de bufet por las mañanas, y una carta de platillos variada que atrae a políticos, empre­sarios, periodistas. Los desniveles del terreno en el que está construido el hotel hacen descender una escalera a una terraza con vista al mar. El tufo del insecticida y los aromatizantes frutales se confunde con el de los platillos, huevos y frijoles fritos, salsas, condimentos, tortillas de maíz, tocino quemado yaguas de papaya y sandía. En las mesas, se escuchan conversaciones ani­madas de hombres vestidos con camisas blancas o azu­les y mocasines, y mujeres de blusa floreada y faldas largas o cortas de tela ligera, sandalias o tacones. La música ambiental los incita a charlar en voz alta. En las orillas, quienes saben del poder y el dinero que mueve la ciudad, oro en los relojes o pulseras, hablan en susurros, los gestos cordiales, la parsimonia mutua.

El Mirador forma parte de lo que denominan allá el Acapulco tradicional, un barrio de precario urba­nismo, a medio camino entre las obras siempre in­conclusas, la pobreza y la incuria, a la vez colorido y lleno de personas en busca de la supervivencia. Las ca­lles cuesta arriba y estrechas se saturan de coches y ca­miones cuyos conductores se exasperan de sí mismos y hacen sonar la bocina colérica, o dejan escuchar a todo volumen la música que escuchan en un contra­dictorio afán sedante: hip hop a ritmo de cumbias o vallenatos colombianos, aplicaciones afroantillanas en plan tecnoelectrónico, baladas gemebundas, bandas de música regional de Sinaloa que usan la tuba y el fal­sete del cantante en contrapunto. Las aceras y el pavi­mento muestran roturas entre las que se filtra el agua potable y la del drenaje. En las accesorias comerciales se expende ropa multicolor importada de China y otras mercancías de contrabando, bisutería y copias piratas de películas y discos musicales. Abundan las academias y las escuelas de comercio o computación en una ciudad en donde la mayor parte de los pobla­dores son jóvenes. También proliferan las cantinas, los centros nocturnos, los prostíbulos ruidosos, el neón rojo y la cerveza por decena en un cubo repleto de hie­lo, la luz estroboscópica que emite sus relámpagos. Bajo su hechizo, la rapidez se vuelve intermitencia lenta y convierte en narcosis lo sensible. Si Acapulco se inició como un paraíso cosmopolita para los ex­tranjeros y los mexicanos que podíamos viajar allá, ahora vive su reencuentro con la selva al ritmo de la cultura planetaria.

El director de un periódico local me cuenta que Acapulco dejó de ser el sitio pleno de encanto que fue medio siglo atrás, cuando viajaban al puerto las estre­llas del cine de Hollywood, Orson Welles, John Hus­ton, Rita Hayworth, Johnny Weissmuller, Ava Gard­ner, Frank Sinatra, María Félix, o John y Jacqueline Kennedy, el petrolero J. Paul Getty. Y Elvis Presley, que protagonizó allá la película Diversión en Acapulco. El ascenso de los comunistas en Cuba, la clausura de la isla en tanto territorio de libertinaje, le dio su auge al puerto mexicano. Se instalaron las grandes cadenas hoteleras, los restaurantes, centros nocturnos y frac­cionamientos de lujo.

Mientras circulamos por la avenida Costera, me señala con su brazo los hoteles construidos al borde de la playa, en los que se observa escasa actividad. “Hay un índice muy alto de desocupación hotelera”, expli­ca: “la violencia terminó con Acapulco, el narcotráfi­co es ahora lo que da vida a la ciudad, ya que sus inversiones están en todos lados, los narcos son los dueños”, apostilla, reflexivo. Me comenta que la pros­titución se ha vuelto una fuente primaria de trabajo para los jóvenes más pobres, y voltea hacia las monta­ñas, en la parte trasera de la bahía, en donde se asien­tan los barrios marginales. Le comento que, me han descrito, en esos barrios hay incluso prostíbulos am­bulantes, camiones en los que se puede disfrutar de bebidas y espectáculos con bailarinas desnudas que se desplazan en torno de un tubo vertical mientras sue­na la música a todo volumen. Bangkok en miniatura en medio de frenazos, baches, calles abruptas. “Eso no es lo peor...”, y guarda silencio. Como en otros desti­nos turísticos del país, prolifera la depredación sexual de niños, niñas y menores de edad en cualquier parte. Miles. Las prostitutas, incluso niños y niñas, son tan baratas como un gramo de cocaína: diez o veinte dó­lares.

Cuesta abajo en la catedral, cuya plaza está frente al paseo de la bahía, los santos y las vírgenes bostezan ante la ausencia de feligreses, las flores lucen marchi­tas en sus jarrones. A un lado, niños de pantalón cor­to y sandalias de plástico regalan volantes de una pizzeríaa que acaba de abrir sus puertas. Me encamino de regreso al Mirador y piso a propósito una mancha parda, ya casi borrada, que me evoca la sangre de un funcionario del gobierno local asesinado a las puertas del hotel días atrás. Llegaba a las ocho para desayunar como era su costumbre, y dos hombres le comenza­ron a disparar con armas de calibre nueve milímetros. Fueron más de diez tiros que alcanzaron cristales y puertas del coche en el que viajaba. Saltaron astillas de vidrio y metal. La víctima corrió, herido, para tratar de escapar, farfullaba en busca de auxilio. Quedó yer­to a la entrada del hotel. Regreso sobre mis pasos y trato de atestiguar la mancha de sangre, la coreografía criminal. Nada queda de aquello, lo han borrado. La gente muere y todos se apresuran al olvido. Así es en la costa, me dicen, así es en todos lados.

Aquel asesinato fue parte de una serie de crímenes que a la fecha han continuado en Acapulco, y cuyas víctimas son delincuentes, policías, funcionarios, em­presarios, un periodista, agentes de inteligencia. La guerra de los traficantes de droga llegó a su clímax aquí cuando aparecieron restos de cuerpos descuarti­zados y las decapitaciones. Lo que era secreto, se con­virtió en un alarde de retos explícitos entre los bandos enfrentados. Se desató una oleada de cadáveres que utilizó como adorno los mensajes escritos, o bien se multiplicaron los mensajes corporales sin letra de por medio. Incluso, al asesinar a dos personas en la Costa Grande, los sicarios advirtieron que la gente debería evitar el uso de vidrios oscuros en sus coches para evi­tar confusiones. Los amos de la noche también se in­toxican con ella, y son incapaces de distinguir ni a sí mismos.

Acapulco, al igual que toda la provincia a la que pertenece, llamada Guerrero en honor a un héroe independentista que fue presidente del país, lleva un signo de tierra arisca y violenta. En la antigüedad pre­cortesiana, se la conocía como Cihuadán, lugar cer­cano a las mujeres, en náhuat, y vivieron allá diversas tribus, entre las que sobresalieron los purépechas, chontales, mixtecos. Y los yopes, siempre insumisos, y casi exterminados por los españoles en el siglo die­ciséis. Durante la época de la colonia, fue zona de tránsito para el comercio que venía de China, de las Filipinas, dominio español. Un territorio montañoso que contrasta sus zonas de fertilidad en tierra caliente y semidesértica al sur. La ciudad colonial de Taxco fue importante, y allí nació Juan Ruiz de Alarcón, escri­tor de mérito que brilló en el Siglo de Oro español como fuente de escarnio de sus contemporáneos Francisco de Quevedo, o Pedro Calderón de la Barca, ya que era contrahecho, jorobado, pelirrojo, novohis­pano. En la colonia, se asentaron a su vez contingen­tes de esclavos procedentes de África. El puerto de Acapulco, una aldea durante siglos, sólo comenzó a crecer a mediados del siglo veinte, al convertirse en centro del primer desarrollo del turismo a gran escala en el país. Y llegaron los visitantes, el dinero, la fama, las leyendas.

A lo largo de aquel siglo, el litoral del Pacífico me­xicano y sus comunidades crecieron un tanto ajenos a los prestigios del progreso en el centro del país. Oaxa­ca, Guerrero, Michoacán, las costas de Colima, Jalis­co y Nayarit, así como Sinaloa y Sonora, representan otro modelo de crecimiento y de cultura, más apega­dos a su pasado profundo y a la naturaleza, menos en­cantados con los prestigios cosmopolitas excepto los que encarnaban como disfraz para la componenda mercantil. Sus orgullos regionales permanecen casi in­cólumes al paso de los años. Y los oriundos de cada provincia asumen su raigambre como emblema de una nacionalidad circunscrita a su alrededor, y un tan­to reticente a las adopciones de lo que viene de fuera. Viven de tradiciones comunitarias apenas transforma­das por los avances de la técnica y las comunicaciones. El ejercicio de la violencia, respaldo último del senti­do de oriundez allá, ha sido un asunto compartido en­tre el poder central, el poder regional y, ligado a am­bos, el poder antiinstitucional, sea el de la guerrilla de izquierda o el del crimen organizado. Entre los gue­rrilleros, los que no fueron asesinados a balazos, fue­ron torturados hasta la muerte, y a veces arrojados desde lo alto de un avión frente a las costas, o sobre una laguna. O sus cadáveres cayeron en barrancas, fo­sas o pozos para desaparecerlos, allá en donde nadie oye ni nadie sabe nada.

En aquel litoral del Pacífico, cuatro décadas atrás, el Estado abrió un frente de guerra de baja intensidad contra dos enemigos: los guerrilleros en busca de una revolución que impusiera un régimen comunista en el país y los sembradores de mariguana en Guerrero. Los militares que dirigieron ambas operaciones ter­minarían implicados en el tráfico de drogas. En los te­rritorios del litoral y hacia tierra adentro, en las altas montañas se han sembrado grandes extensiones de mariguana y de amapola. La explotación de la goma de opio, derivada de la amapola, ha proveído tanto a la industria farmacéutica como a la narcosis de los adictos en Estados Unidos desde la primera mitad del siglo pasado.

Cuando era niño, la amapola se cultivaba en al­gunos jardines domésticos como planta de ornato. Recuerdo a mi abuela materna cuidar, en su casa en Tlaltenango, sus flores de amapola que crecían en un jardín salvaje aliado de una finca en medio de árbo­les frutales, los guayabos, los chicozapotes, los naran­jos y las granadas. Tlaltenango, en las inmediaciones de Cuernavaca, es una más de las múltiples poblacio­nes que bordean la carretera del centro hacia Acapul­co. Allí llegó Hernán Cortés poco después de con­quistar Tenochtitlan. En Tlaltenango se asentó el pri­mer molino de caña de azúcar de América. A un lado de éste, del que permanecían los restos en forma de un arco y otros vestigios, se hallaba la casa propiedad de mi abuela, una construcción sencilla de una planta con una terraza interior que antecedía al jardín hú­medo y cálido en declive hacia una pequeña barranca. Lo que fueron caballerizas de la casa, contaba mi abuela, estaban construidas sobre las ruinas de aquel trapiche inaugural. Eran los pasos de Cortés en aque­lla tierra. El tictac de un esbelto reloj pendular de ma­dera resonaba en los altos muros y techos de la casa, de pocos muebles, y vigilaba la silenciosa vida de mi abuela, mestiza de breve estatura y piel tierna, more­na clara, el cabello entrecano en trenzas antiguas. El viaje a Acapulco de la familia solía detenerse en Tlal­tenango. Los trayectos de la infancia tienden a repro­ducirse siempre. La sensación alterna de curiosidad, angustia, placer, temor, estrépito me acompañan aho­ra cada vez que viajo al litoral del Pacífico. Una tarde en Tlaltenango, mi hermano me mostró la fecha que se leía en las ruinas del arco: una cifra formada con piedra porosa, tezonte, del color de la sangre coagu­lada, en caracteres romanos: mil quinientos veintisie­te. Es la cifra que recuerdo. Me tomó de la mano y su­bimos, por una escalera de madera que apoyó en el muro lateral, a la parte superior del arco. Caminamos encima y a lo largo de aquella construcción entre cu­yas grietas crecía la hierba. A pesar de que sólo estaba a doce o quince metros de altura, fue la primera vez que registré una dolencia que me acompaña hasta hoy: la llaman vértigo de altura. Acrofobia: un llama­do del vacío, un nudo hecho de pánico y fascinación alternas frente al abismo.

Mi abuela, Andrea Rodríguez Villalpando, era be­nefactora de la capilla de Tlaltenango, cuya antigüe­dad también se remontaba a la conquista. Y nos per­mitía entrar y subir a la azotea, en la que se ordenaban las almenas y una pequeña torre campanario, propias de las primeras construcciones cortesianas en el nuevo continente. La vista se perdía en las montañas y la ac­cidentada orografía plena de verdor. La capilla fue construida como un oratorio familiar. En el entrepiso para el coro, había un pequeño órgano de fuelle ya en desuso al que acompañaba la somnolencia del polvo y alguna telaraña. Las paredes de la capilla carecían de adornos, y sólo un Cristo presidía el altar. Olía a in­cienso y a maleza. Mi abuelo cultivaba flores, legum­bres, frutas en sus huertos, que llevaban a la capital a vender de cuando en cuando. En los años de la lucha armada de los indígenas contra el gobierno, a princi­pios del novecientos, mi abuelo fue sujeto a la leva de los insurrectos encabezados por Emiliano Zapata, quienes le robaron el dinero que guardaba en latas bajo la cama; decenas de monedas de oro y plata. Una hermana de mi madre, la mayor, de cinco años, mu­rió de susto por presenciar la violencia de la soldades­ca. La tía que nunca tuve. Una fotografía en tonos se­pias registra a los cuatro antes del desastre. Leónidas, se llamaba la niña que murió. Llevaba el mismo nom­bre que dos héroes decapitados: uno espartano, el otro cristiano. Al ser tomada la imagen, ella se ensimisma y roza un encaje de su vestido blanco, hurta para siempre su mirada al mundo de los vivos. Ignoro cuánto tiempo mi abuelo fue obligado a estar en la leva de aquel ejército precario. Ni mi abuela ni él ha­blaban de aquellos años, de los que sólo quedaban ecos dispersos en alguna plática. Ella solía evocar el tiempo más remoto, su infancia, o sus visitas a la ca­pital, la figura en un desfile del presidente de la Re­pública, vencedor del ejército francés. Su mente elegía rememorar el orden, lo apacible, evitaba al menos frente a los niños hablar de hechos de sangre, o de abusos. Refería leyendas de aparecidos que cabalgaban por las calles empedradas en busca de venganza des­pués de la medianoche. Con mi madre al lado llora­ba, pañuelo en mano, y conversaba en susurros. Su llanto me intrigó siempre, desconozco por qué llora­ba. Sólo resuena en mis oídos la sospecha de un dolor hondo, telúrico, salvaje. Cada vez que oigo llorar a una mujer, oigo llorar a mi abuela. El lamento por una pérdida o agravio que antecede la voz de quien llora. La mano derecha de mi abuelo carecía de una parte del dedo anular. En corrillo, los niños confiába­mos entre nosotros la causa revelada por algún adul­to: era una herida de la guerra civil. Un tiro de bala le había cortado el dedo. Pasarían muchos años antes de que supiera otra historia: los insurrectos que lo leva­ron tenían la costumbre de mutilar un dedo de la mano a quienes se resistían.

Al morir mi abuela dejamos de visitar su casa. Lo que había sido una aldea en el camino a Cuernavaca y la ruta hacia el Pacífico, se convirtió en un barrio po­puloso de esa ciudad. La casa fue tomada por intrusos familiares. A veces he vuelto allá para visitar amista­des. Jamás he regresado a Tlaltenango.

Años atrás, una amiga que vivía en Cuernavaca casó con un médico, muy cercano al gobernador de entonces. El hijo de éste se divertía con sus amigos y seducía a jóvenes que acudían a sus festejos, en los que, al decir de algunos, se consumían alcohol, mari­guana, cocaína hasta el exceso. Una noche, aquel su­jeto se encerró con una muchacha en un cuarto de baño. Ella apareció muerta. El médico de confianza del gobernador fue llamado de urgencia para que ates­tiguara los hechos. El esposo de mi amiga. La familia de la víctima denunció la maquinación de una menti­ra con el fin de evitar el encarcelamiento del violador y asesino. La policía pudo encubrir el delito y las au­toridades ministeriales obstruyeron la justicia. La fa­milia del gobernador era intocable. La ciudad acogía a los mayores traficantes de droga del país, uno de los cuales tenía su mansión al lado de la del gobernador. Con la llegada de tales criminales se generalizó el con­sumo de cocaína y mariguana, los negocios turbios y otras industrias ilícitas, el secuestro, la extorsión, las corruptelas. El médico aquel fue asesinado días des­pués por un sicario que le disparó un balazo mientras aguardaba, en su coche, a alguien que lo había citado. A todas luces fue una celada para deshacerse de un tes­tigo comprometedor, y la policía maquinó también el motivo del crimen: una borrosa afrenta que difamaba al médico. Nunca se detuvo al asesino. En la ciudad florecieron como nunca antes los conciertos de músi­ca, las artes escénicas, las conferencias literarias. El an­tiguo gobernador y su hijo, a la fecha, se dejan ver sonrientes en los restaurantes de la capital. A veces, el ahora ex gobernador escribe artículos de prensa en los que elogia la importancia del respeto a la ley.

 La carretera de la capital hacia el Pacífico ha sido favorita de los militares, policías y delincuentes para dejar a su orilla los cuerpos de sus víctimas, ya sea en­terrados o a cielo abierto, en donde los perros y las aves de rapiña los desaparecen. O bien han metido cadáveres en tambores de lámina rellenos de cemento. Décadas atrás, una docena de opositores políticos fue­ron asesinados allá. A la fecha, se pueden ver las cru­ces de hierro que resguardan su memoria. El camino hacia el Pacífico ha sido una senda presagiosa.

En los últimos veinte años en México, el uso de los cuerpos como mensajes se incrementó conforme las actividades de los traficantes de droga se volvieron públicas. Antes su tarea era silenciosa y oscura. El trá­fico de drogas hizo que la violencia construyera usos e incluso ritos con la sangre de las víctimas. Mujeres a las que se llegaba a mutilar en vida un pezón a mor­didas o se les cortaba un trozo triangular de piel. Ca­dáveres que eran arrojados a una fosa y rociados con una mezcla de cal y ácidos para que aceleraran su de­saparición. Víctimas asesinadas con tiro de bala en la frente, en la oreja o en la boca para indicar, en cada caso, una advertencia a traidores, entrometidos y de­latores. En fechas recientes, les inscriben a las víctimas en la frente una letra Z como firma de un grupo de­lincuencial, abren la tráquea para jalarles la lengua por el corte, le llaman corbata colombiana; descuarti­zan los cuerpos y arrojan los restos en un recipiente en el que ponen petróleo y le prenden fuego hasta que se quema todo, le nombran horno. Otras veces, vierten en una pipa cocaína y cenizas de una víctima. A este rito se lo conoce como fumarse al muerto. O dejan cartulinas con mensajes al lado de las cabezas de los decapitados. Asimismo, circulan amenazas en inter­net en las que las bandas de criminales se desafían, mofan o alardean de su virilidad. Actualizan a la usan­za de los tiempos los antiguos corridos o canciones noticiosas. O usan la red para difundir grabaciones en video de asesinatos y furor decapitador. El pánico ex­pansivo.

Me acerco al coche de Pedro en la Ciudad de México. No lo conozco. Un amigo me ha dicho que pre­gunte por él. No todas las noches llega a esta calle ad­yacente a una avenida céntrica. Cerca hay un cuartel, y de cuando en cuando las luces de las patrullas emi­ten al pasar sus intermitencias rojas y azules. Por la noche impera aquí la prostitución de travestís. Tengo suerte: me señalan que Pedro está al lado de un coche grande, ruinoso. Y se recarga contra la portezuela se­miabierta. Viste ropas deportivas y apesta a alcohol, los cabellos despeinados y escasos. Lo saludo en voz alta, me responde con un gesto indagatorio. Le digo que un amigo me comentó que quizás podría ayudar­me. “ ¿Qué necesitas?”, pregunta. Le digo que me gus­taría ver alguna pistola. “ ¿Revólver o escuadra?” Le digo lo primero que se me ocurre: una escuadra. Pen­saba en las que tenía mi padre. “ ¿Cuánto traes?” Le respondo que el equivalente a unos cuatrocientos dó­lares. “ ¿Dólares, serás muy gringo o qué?” No sé qué decirle. Al verme sin habla, mueve la cabeza y camina hacia la cajuela del coche, saca las llaves y la abre: lle­va todo un arsenal. Mueve unas cajas de balas calibre treinta y ocho por lo que leo en el rótulo, y saca una escuadra: “Es pavonada, calibre 22, agárrala”, me or­dena, “de éstas no tienen en Tepito”, se refiere al ba­rrio de la mercancía ilegal. “¿Qué marca es?”, le pre­gunto. No me responde. Tomo el arma: pesa menos de lo que imaginé. Todavía recuerdo que mi padre quiso enseñarme a tirar con su pistola cuando yo era niño: me negué. Al verme dudar, Pedro sospecha que en realidad no he ido a comprar sino a curiosear. Me quita la pistola de la mano, la pone dentro de la ca­juela y cierra ésta. Concluye: “Cuando estés seguro, date una vuelta.” Yo, que sólo quise confirmar lo que mi amigo me contó sobre el tráfico de armas en las ca­lles, me retiro sin acertar una despedida. Enfrente, un trío de travestís se burla de mí: “¡Acá también tene­mos armamento!”, gritan y ríen, juegan a levantarse la falda.

En los últimos tiempos, las autoridades mexicanas decomisaron dieciocho mil armas a delincuentes. En el país circulan quince millones de armas. La mayor parte proviene de Estados Unidos y más de la mitad es ilegal. La venta permitida llega al millón y medio de revólveres para uso civil de calibre menor bajo control militar, mientras se trafica en forma clandestina con enormes cantidades de rifles de asalto AR15 (M-16), AK47 e incluso el subfusil P90, capaz de disparar no­vecientas balas por minuto que atraviesan capas de blindaje grueso. O metralletas Uzi, lanzagranadas, es­copetas, municiones, etcétera. A lo largo de la fronte­ra entre México y Estados Unidos hay doce mil pun­tos de entrada y venta de armamento ilegal, que se ha vuelto la juguetería del crimen organizado. El traspa­tio de la mayor industria armamentista del mundo. “Un soldado en cada hijo te dio...”, reza el himno pa­trio.

En la primavera de dos mil seis, se hallaron en la orilla de un barandal en una garita céntrica de Aca­pulco las cabezas mutiladas de los policías Mario Nú­ñez y Alberto Ibarra. Semanas antes, habían parti­cipado en un zafarrancho entre la policía y unos trafi­cantes de droga, en el que murieron dos personas y cerca de veinte quedaron heridas. Entre los muertos hubo un jefe criminal. Al lado de las cabezas, los sica­rios dejaron un cartel pegado con cinta plástica en un muro, y escrita a mano esta advertencia: “Para que aprendan a respetar.” Desde años atrás dos grupos de­lincuenciales han permanecido en este puerto, los del Cártel de Juárez, cuyos miembros desafectos serían identificados más tarde por las autoridades como Cár­tel de Sinaloa o del Pacífico, y los del Golfo. La pug­na en todo el país entre ambos grupos y sus respecti­vos sicarios, llamados unos Los Pelones o Chapos sinaloenses y otros Los Zetas del Golfo, desertores de escuadrones de élite del ejército mexicano, se hizo pú­blica. En aquellas fechas circuló en internet el interro­gatorio y decapitación de un sujeto, al que se identifi­caba como miembro de Los Zetas, que confiesa haber participado en un ataque a una oficina ministerial en el que murió media docena de personas. Bajo el títu­lo de “Haz patria, mata a un Zeta”, las imágenes gra­badas muestran a la víctima sentado en una silla, ves­tido con una trusa negra mientras es interrogado por dos sicarios de quienes sólo se ven las manos envuel­tas en guantes quirúrgicos. La mímica feroz. Se escu­cha a la víctima aceptar en voz baja, titubeante, su participación en dicho ataque, y detallar que recibió órdenes del jefe del grupo delincuencia!. En la frente de la víctima se ve pintada una letra Z, y en el dorso, aparte de otra Z, se aprecia: “Bienvenidos mata muje­res y niños, sigues Ostión.” En una pierna se lee: “Z­14” y “Lazcano Humer”, que alude a un jefe de Los Zetas, Heriberto Lazcano, y a otro cuyo código de guerra era Z-14, que sería asesinado después. “El Hummer” es un lugarteniente de Los Zetas llamado Jaime González Durán, ya preso. En un momento, los sicarios le colocan a la víctima en el cuello un alambre amarrado a un tubo de metal y lo usan como torni­quete hasta decapitatarla.  En las imágenes, que cancelan el instante en el que la cabeza cae, se observa ensegui­da el cuerpo ya mutilado y la cabeza aparte, sola, pe­renne en un registro que da la vuelta al mundo.

Al referirse al funcionamiento de la guillotina como método para decapitar, Patrick Wald Lasowski escribió que el anonimato del aparato, la inmovilidad de la víctima, el efecto de rapidez y el carácter instan­táneo de lo que produce anticipa y dirige el invento de la cámara fotográfica. La cabeza cae en el cesto al igual que el fotógrafo dice: “Ya tengo la fotografía.” Un ins­tante inasible que sólo atestigua la cabeza mutilada en la mano alzada del verdugo, o la fotografía en las del fotógrafo. La inmanencia pura que sólo responde a sí misma.

En el caso de las grabaciones contemporáneas, las imágenes se vierten en la infinitud del flujo audiovi­sual. La cámara de video se quiere también anónima, pero se vuelve colectiva cuando introduce sus imáge­nes en la red. La víctima se muestra convulsa, carne cautiva sujeta a instintos, rechazos y reflejos mecáni­cos antes de que entre en acción un sable o un torni­quete. Se construye una serie de actos lentos o sujetos a pausas, rituales ajenos al desahogo o catarsis del es­pectador ante lo efímero. Una prolongación indefini­da en el tiempo y su alrededor de voces. El filme por excelencia es el de horror, precisó Julia Kristeva. Un vértigo que se adhiere al espectador, lo atrae y lo dilu­ye. La trascendencia impura que sólo responde a algo que está más allá.

En náhuat, la palabra que significa “cortar la ca­beza a alguien” quiere decir también “recoger una es­piga con la mano”: quechcotona. Así, la historia mexi­cana tiene tres iconos vinculados con la decapitación: los tzomplantli o empalizadas aztecas que sostenían cráneos de víctimas sacrificadas a los dioses con cu­chillos de obsidiana; la cabeza mutilada del clérigo Miguel Hidalgo y Costilla que proclama la guerra in­dependentista a principios del ochocientos y fue pues­ta dentro de una jaula de hierro por la tropa española para escarmiento de los rebeldes; el bandido revolu­cionario Francisco Villa del siglo pasado, de quien violaron su tumba y cortaron la cabeza pocos años después de muerto. Nadie ha demostrado dónde que­dó ésta. Se rumora que el cráneo forma parte de una colección de la secta universitaria Skull and Bones en Estados Unidos. O continúa enterrada en una monta­ña mexicana. En todo caso, su recuerdo flota y trans­curre de aquí hacia allá en la imaginación de muchos.

 

El fotógrafo Joel-Peter Witkin, que se ha propues­to explorar el equilibrio entre la belleza y lo obsceno, viajó a la Ciudad de México en mil novecientos no­venta para tomar una serie de fotografías de cadáveres en las oficinas forenses. Adepto de las imágenes cons­truidas en las que el cuerpo desnudo de hombres y mujeres se ve registrar torturas, tatuajes, amarres, ci­catrices, o aparece deforme, monstruoso, transexual, cosido por hilos de autopsia, descoyuntado, rodeado de objetos o paisajes que construyen adornos inversos. Una alegoría en honor de la carne, suspenso previo a su desaparición, un vislumbre a lo que la cultura y la mirada artística de lo atroz han llegado a ofrecer en torno de la identidad humana, el artista quería em­plear como tema fotográfico los cadáveres que se re­cogen en la vía pública, o de personas que mueren en el anonimato y terminan en la morgue antes de ser conducidas a la fosa común. Descubrió que los em­pleados realizan su tarea al desgaire y avientan los cuerpos boca abajo en una camioneta. Y hacen lo mis­mo al conducirlos al depósito, lo que ocasiona que les fracturen la nariz o sufran golpes en la cara. Ese mal­trato le impedía consumar bien su tarea. Decepciona­do, a punto de abandonar la ciudad, recibe un telefo­nema que le anuncia la llegada de cuatro cuerpos. Estos cuerpos le devuelven la inspiración y emprende su serie fotográfica. Quien atestiguó la meticulosa puesta en operación de sus fotografías, menciona la pulcra exactitud de los movimientos del artista, que se conducía no sólo como un experto en el saber lumí­nico, sino que se desempeñaba como un director tea­tral que estaba al cuidado de cada uno de los gestos que su actor, el cadáver en turno, debía representar. Su actitud ante los cuerpos tenía la impavidez de un ci­rujano. Al hallar una cabeza entre los restos, decidió crear una obra maestra: “Cabeza de hombre muerto.”La fotografía, gelatina de plata sobre papel, de veinti­siete centímetros de alto por treinta y tres de ancho, muestra la cabeza en perfil de un hombre mestizo, al parecer víctima de la violencia policiaca. Podría ser la de cualquier otro decapitado, pues al perder su cuer­po todos los decapitados tienden a la semejanza. Su cabeza es un objeto orgánico en estado absoluto. Esta conversión en una cosa de lo que fue una persona, es lo que le da un sello que refleja lo que antes se juzga­ba imposible de ser representado o fuera de la imagen: la atrocidad extrema. Como muchos otros, el decapi­tado de Joel-Peter Witkin, que se apropia de la perso­nalidad de su objeto y lo convierte en “otra cosa”, en la huella de la crueldad embellecida, tiene los párpa­dos cerrados y plácidos, el cabello negro y brillante en partes, la boca entreabierta. De sus comisuras surgen hilillos de sangre coagulada. La cabeza está depositada en un plato de lámina blanca, que a su vez está enci­ma de un trozo de papel sobre una mesa. El fotógrafo debió tener en la mente el mito de Salomé que recibe la cabeza de San Juan Bautista en bandeja de plata; o la imagen homónima de Oscar Gustave Rejlander del siglo diecinueve. Arriba, el artista añadió manchas y raspados en la superficie del negativo. Quien atestiguó y refiere la escena, recuerda la parsimonia del fotógra­fo cuando colocó la cabeza en el plato. El movimien­to duró un instante, que el artista quiso prolongar ha­cia la eternidad. Una conjetura sobre la quietud y la anterioridad de toda potencia expresiva. Al deslizar Joel-Peter Witkin el plato y acomodar la cabeza, algo sisea. ¿O es un tintineo siniestro? Consuma una se­gunda decapitación que se ha multiplicado desde en­tonces en cada mirada.

La cabeza del traficante de drogas que se vio en in­ternet parodia sin querer otra imagen de Joel-Peter Witkin: la fotografía de un hombre sin cabeza que está sentado en una silla, robusto, las piernas abiertas, los calcetines negros en los pies. El fotógrafo le ha co­locado los brazos en los muslos a la víctima modelo, y a alguien que vea la imagen desde un punto de vista oblicuo puede parecerle que una de sus manos, tume­facta, está manchada de sangre, quizás para sugerir un dato de ironía imposible: se habría degollado solo. De hecho, esa imagen trasciende su propia resonancia y se ubica en el territorio de los objetos que rezuman ho­rror, ya sean los cuchillos y las armas de fuego delin­cuenciales, los aparatos de tortura de la antigüedad, las máquinas de ajusticiamiento, la guillotina. Y la si­lla eléctrica, la cámara de gas. O los coches y los avio­nes accidentados en los que han muerto personas. El terreno baldío, traspatio, caja negra, pozo o paraje del horror que encubre lo inmediato. Allí están también las páginas de un periódico de Acapulco que reprodu­cen el hallazgo de las dos cabezas: la elegancia de los cadáveres, que diría Joel-Peter Witkin: la podredum­bre muestra una fugacidad mensajera de lo invisible, lo inferior que se conecta con algo superior.

En las calles retorcidas del viejo Acapulco, opues­to al nuevo Acapulco de la franja de hoteles, centros comerciales, bares, restaurantes de la moda global, en­tre ellos, el Planet Hollywood, se anima la vida puer­tas adentro. El ruido musical y las luces multicolores emiten sus alcances a los muros cercanos. Hombres en grupo caminan en busca de diversiones, y miran de soslayo, curiosos y desconfiados. Alguno se acerca a mí y me pide fuego para encender un cigarrillo. Me disculpo, le respondo una negativa. Carezco de en­cendedor. Me pregunta de dónde vengo, le respondo que de la capital. Quiere simpatizar, me dice que es­tuvo allá tiempo atrás. Me ofrece llevarme a un lugar en el que hay muchachas. “Muy bonitas”, agrega para persuadirme. Le respondo que estoy bien, le agradez­co su oferta. Reanudo mi caminata hacia el Hotel El Mirador. A los pocos metros, ambos volteamos a ver­nos un instante, inquisitivos. La sospecha mutua nos une y nos separa. Huele a lluvia. Llego a la plazoleta en la que muchachos y muchachas se reúnen por las noches para fumar, beber cerveza o licor en vasos de plástico. Alrededor hay vendedores de comida y golo­sinas. Los edificios circundantes, construidos medio siglo atrás, lucen vacíos, o sus ventanas están a oscu­ras. En la avenida cercana brillan los anuncios espec­taculares o carteles que publicitan ropa de marcas famosas, o la película de la temporada. Cuerpos y ros­tros bellos que esplenden su imposibilidad tangible. El mar hace llegar su rumor lejano. A esta hora, resal­ta más la incuria y el ambiente de urbe en construc­ción permanente, una obra negra de gran magnitud que une los tendederos de ropa recién lavada, las vari­llas, las columnas inconclusas, los tinacos y las rejas en un ambiente de barrio inconexo entre la luz y la som­bra. Como los que están en todas partes del mundo. Pulsa en la tierra y se eleva la amenaza de una catás­trofe siempre inminente. El aire de chabola, favela, periferia, banlieues, zoco, slum. El traspatio del terro­rismo, la droga, el crimen, la violencia, la pobreza ili­mitadas que representan lo contrario del triunfalismo de la cultura actual. Comienza a lloviznar, por algún motivo las gotas de lluvia calan mi cabeza, siento que fueran espinas que se cuelan entre mis cabellos. Corro a refugiarme. La gente hace lo propio en las pequeñas tiendas que venden al menudeo golosinas, pan, leche, bebidas embotelladas, cerveza. O se detienen bajo la entrada del hotel. Allí una muchacha conversa con una amiga. Le cuenta que trabaja de camarera en un restaurante de la playa junto a un hotel. El jefe la re­prende porque interrumpe su trabajo de servir mesas con un vestido folclórico y se detiene a observar, a tra­vés de un ventanal, a los niños y turistas que gozan en la alberca o la playa. “Vivo tan lejos”, dice, “que des­de allá no alcanzo a mirar el mar.” La migración a es­cala de todos los días.

Asciendo una escalera hacia mi cuarto. El mar agi­ta mis recuerdos. En la época en que Joel-Peter Wit­kin hizo sus fotografías en la morgue, unos guardias del estado mayor hicieron un hallazgo en los alrede­dores de la casa del presidente de la República. Era una caja de cartón en la que se había depositado un cerebro humano, y al que le habían clavado una serie de alfileres en distintas partes. El episodio causó alar­ma en el interior del círculo de poder. Por tratarse de aquel perímetro, las autoridades de la ciudad fueron marginadas de la pesquisa, que derivó a una oficina de asesores de la presidencia. El testigo que refiere los he­chos elaboró un reporte al respecto que subrayaba el carácter sacrificial del maleficio: concluyó la influen­cia satanista y algunos elementos de un ritual vudú. El daño quería recaer en la cabeza presidencial. Maldi­ción o no de por medio, al poco tiempo el hermano del presidente se vio preso e inmerso en un escándalo público que resuena hasta la fecha en tribunales en Suiza y se ha inscrito en una trama compleja de pug­nas políticas y acusaciones de asesinato, tráfico de es­tupefacientes, brujería, corrupción.

En el cuarto de hotel vuelvo a observar las foto­grafías familiares. Y me entrego al oficio inevitable de hacer restas: mi madre murió un año después de aquel viaje. Mi padre llegó a cumplir los noventa y un años antes de morir en el dos mil. Un lustro atrás había fallecido con meses de diferencia y por diversos pade­cimientos una hermana y mi hermano mayor. En las fotografías el cielo, las playas, las avenidas lucen lim­pios, espaciosos, los solares baldíos, y Acapulco tiene un aura de promesa, de ingenuidad, de aldea que sale de un sopor antiguo en el que persiste alguna amena­za detrás de la espuma que se estrella contra las rocas o lame las playas y la arena tersa. Aquella vez, mien­tras mi hermana nadaba en la bahía, se acercó a des­cansar a unas rocas próximas. Fue una imprudencia: al apoyar sus pies allí se encontró con las espinas de los erizos, que le cubrieron de heridas las plantas de los pies. Recuerdo su llanto y el dolor que la hacía gemir cuando debieron sacarla a cuestas del mar. Aún lleva­ba alguna aguja negra incrustada en la piel, la llevaría siempre. Aquella hermana y mi hermano, ya adultos, viajaron a otro puerto del Pacífico. Ella nadaba cuan­do fue víctima de una corriente del mar que la arrojó a un torbellino. Asustada, gritó en busca de auxilio. Mi hermano acudió en su ayuda, estuvieron a punto de morir ahogados los dos. Un aviso de lo que vendría en breve: la muerte compartida. Me dispongo a dor­mir, y demoro en conciliar el sueño. Hace calor y la humedad me sofoca a pesar del ventilador. Abro y cie­rro los ojos. Me asomo al balcón y contemplo el mar, sólo se oye el oleaje contra las rocas. Bajo al mostrador de la entrada y noto que, de pronto, el hotel, la calle, la playa, la ciudad parecen abandonados. Las luces es­tán apagadas aquí y afuera. Quizás hubo un cortocir­cuito en la energía eléctrica. Nadie hay a la vista ni na­die me responde. El silencio me lleva de regreso a mi cuarto, me intimida un mar cubierto por un resplan­dor lejano en el horizonte, que un manto grueso de nubes refleja, espectral, ultraterreno. Dejo el balcón. Tomo una carta que está encima de la cómoda e in­tento abrirla con un cuchillo: sólo consigo cortarme un dedo sin poder abrir la carta, gimo, el aire me fal­ta, grito. Me despierto, asustado por lo punzante de la cortadura en el sueño. Sangra mi dedo lastimado ho­ras atrás y deja pequeñas manchas en las sábanas. Me levanto, extiendo el brazo. Tras las cortinas se filtra la luz gris de un día nublado.

 

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